Reflexión publicada en la sección “Debate RyP” de la revista Realidad y Perspectiva, dirigida por el académico de número José Rodríguez Elizondo y editada por el Programa de Relaciones Internacionales de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile.
Tras sufrir dos guerras mundiales, el filósofo francés Raymond Aron tenía claro que “la tragedia de la humanidad es que hace su historia, pero no sabe la historia que está haciendo”.
Esa advertencia hoy debiera incentivar el tránsito desde el simplista lugar común “la historia no se repite” a la reacción ilustrada contra quienes reinciden en colocar la paz del mundo en la cuerda floja.
Los jefes de las grandes potencias militares no lo están haciendo, en cuanto protagonistas activos o pasivos de las guerras vigentes. Pero sí lo ha hecho —y de manera recurrente— el Papa León XIV, jefe de un Estado sin fuerzas armadas.
Primero advirtió, en línea con Francisco, su predecesor, que estamos viviendo “una tercera guerra mundial por partes”. Luego, en su Llamamiento del Angelus de marzo pasado definió la coyuntura global como una “tragedia de proporciones enormes y el riesgo de un abismo irreparable”. Y ahora, en este mes de mayo, produjo una tercera e impresionante advertencia con su encíclica Magnifica Humanitas.
En este documento el pontífice argumenta desde tres perspectivas estratégicas: la denuncia antibélica ya formulada, una disección táctica de la estrategia de seguridad nacional de Donald Trump y, en el centro, un sofisticado análisis sobre los peligros no previstos de la Inteligencia Artificial (IA).
Desde esa mirada a fondo sobre la IA, León XIV evoca la amenaza de un instrumento de ciencia-ficción, programado y administrado sólo por las grandes empresas tecnológicas. Sin control social, mezclando hechos con opiniones sesgadas, luce idóneo para construir realidades que privilegian “la cultura del poder” sobre la cultura de la coexistencia pacífica.
Mientras los líderes de potencias mayores administran su rivalidad con Trump y los jefes de potencias menores lo adulan o tratan de pasar inadvertidos, el líder sin armas del Vaticano ha tenido el coraje de denunciarlo urbi et orbi.
Con esa suerte de profecía bíblica, el Papa no sólo ha alertado a millones de feligreses y cristianos de distintas obediencias, que incluyen a electores de los Estados Unidos. En paralelo, ha encendido una luz roja ante quienes sólo ven la magia de la IA e ignoran la posibilidad de que potencie la normalización del arma nuclear y nos condene a vivir entre el mundo de Orwell y el de Mad Max.
Como efecto inmediato, los analistas han decodificado Magnifica Humanitas como la réplica poderosa de un pontífice norteamericano contra los toscos desplantes de un presidente norteamericano disruptivo. Baste señalar que, aludiendo tácitamente a la amenaza trumpista de “borrar a Irán de la faz de la tierra”, la encíclica advierte que “cualquier intento o proyecto de eliminar o someter una nación es gravemente inmoral y, por lo tanto, inaceptable”.
Así, mientras los líderes de potencias mayores administran su rivalidad con Trump y los jefes de potencias menores lo adulan o tratan de pasar inadvertidos, el líder sin armas del Vaticano ha tenido el coraje de denunciarlo urbi et orbi. Por lo mismo, hoy se levanta como el mayor obstáculo político contra quien viola sistemáticamente las costumbres y códigos de la paz, en cuanto sedicente jefe de “la nación más grande y exitosa en la historia de la humanidad”.
Con esto se repite la historia del poder espiritual que desafía al poder temporal, cuando éste excede los límites de lo humanamente tolerable. Al respecto, los grandes protagonistas de la Segunda Guerra Mundial solían recordar una célebre frase triunfalista de Joseph Stalin. Advertido por Winston Churchill sobre las críticas de Pío XII a su régimen, el dictador soviético respondió con la siguiente pregunta irónica:
¿Y cuántas divisiones tiene el Papa?
>> Leer la reflexión en la revista Realidad y Perspectiva de la Universidad de Chile