Columna del exembajador de Chile en el Reino Unido, en El Mercurio.
Los avances tecnológicos suscitan resistencias, por lo disruptivos que son. Como las que se dieron con la invención de la imprenta, los ferrocarriles, la electricidad, el teléfono, entre otras. Hacia 1811, aparecen en Inglaterra los emblemáticos luditas, artesanos que protestan contra los telares industriales que se instalan al alero de la revolución industrial; máquinas que funcionan con trabajadores menos cualificados y más baratos.
El apelativo “ludita” los sobrevivió, y todavía hay luditas en el mundo, por diversas razones. Por la tradicional: miedo a perder un trabajo. También por otras más de esta época. Por creer que la tecnología está aniquilando el planeta. O por simple romanticismo, eco de esa revolución romántica que se gesta en Europa en reacción al racionalismo de la Ilustración.
Algunos luditas actuales se nutren del sueño de que existió alguna vez un pasado edénico al que podríamos volver si solo frenáramos el progreso y retrocediéramos en el tiempo. Un paraíso que perdimos por comer del árbol del conocimiento y al que podríamos retornar si recuperáramos la inocencia que nos confería la ignorancia.
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