Columna de la doctora en Sociología por la Pontificia Universidad Católica de Chile, en El Mercurio.
El discurso del Presidente Kast constató algo que rara vez llega al debate público con esta claridad: que las redes familiares se han debilitado. Hay menos familias, y las que existen son más pequeñas, más frágiles y aisladas. Ese debilitamiento tiene consecuencias sociales que el Estado no puede ignorar: la caída de la natalidad, la soledad de los adultos mayores y los niños que crecen sin un hogar estable. Son problemas distintos, pero con una raíz común.
Sin embargo, hablar de familia suele resultar incómodo. Con frecuencia, el tema queda relegado porque se asume que hacerlo equivale a tomar posición en los denominados debates valóricos. El resultado es que discutimos las consecuencias de su debilitamiento, pero rara vez sus causas. Al nombrarla ante el Congreso, el Presidente abrió un espacio que Chile no había tenido para hablar en serio de esta realidad. Vale la pena aprovecharlo.
¿Por qué le interesa la familia al Estado? No por afán de intromisión, sino por sentido de realidad: la familia cumple funciones que ninguna otra institución puede reemplazar por completo. Es el espacio donde una persona es acogida por quien es, y no por lo que produce ni por el rol que desempeña. Es donde se transmiten hábitos, vínculos y formas de convivencia fundamentales para la vida social. En ese espacio se cuida a los más vulnerables —niños, enfermos y adultos mayores— con una dedicación que ni el mercado ni el Estado pueden proveer plenamente, y que solo pueden acompañar. Nada de esto implica idealización: es reconocer su carácter insustituible.
>> Leer la columna completa en El Mercurio (con suscripción)