Columna del investigador del Instituto de Estudios de la Sociedad (IES), en La Tercera.
La palabra “subsidiariedad” aparece 23 veces en la encíclica social Magnifica Humanitas del Papa León XIV. En Caritas in veritate (2009), la más famosa encíclica de Benedicto XVI, aparece 11 veces. Ambos textos apuntan en una misma dirección: la defensa de la dignidad humana y el desarrollo humano integral. De hecho, el pasaje más acerado de la nueva encíclica respecto a este principio proviene de la anterior: “Cuando la subsidiariedad no está acompañada de solidaridad, termina por transformarse en la simple protección de intereses particulares; cuando la solidaridad no está sostenida por la subsidiariedad, degenera en un asistencialismo que no promueve la responsabilidad”. La encíclica de León XIV, en todo caso, se lee como un chequeo del arsenal conceptual de la Doctrina Social de la Iglesia y una revista de tropas (y de tropos). La cita a Gandalf en “El señor de los anillos” de Tolkien resuena, en medio de ella, como un llamado a una aventura urgente y peligrosa, y la idea de subsidiariedad nos puede dar una pista respecto del contenido de ese llamado.
El concepto de subsidiariedad tiene una larga historia (ver mi artículo “Explorar la subsidiariedad” en Humanitas). Para los cristianos, remite directamente a las luchas de varios padres de la Iglesia contra la pretensión totalizante e idólatra del poder imperial romano. Osio de Córdoba, Hilario de Poitiers, Atanasio de Alejandría, Luciferio de Cagliari, Ambrosio de Milán y, por cierto, Agustín de Hipona fueron campeones en dichas batallas. No es sorpresa, por lo mismo, que la arquitectura central de Magnifica Humanitas sean las dos ciudades de Agustín (“La Ciudad de Dios” es un libro actual). Como nos dice Benedicto XVI (“Liberar la Libertad”, BAC), “Agustín ha concebido la fe cristiana como liberación: liberación para la verdad, frente a la imposición de la costumbre”. La subsidiariedad proclama, en su origen, que no existen poderes temporales ilimitados, sino distintas autoridades y cargos mutuamente dependientes en el plano de la historia, pero igualmente subordinados, en última instancia, al poder de Dios. Todo ser humano, así como las organizaciones intermedias genuinas, tiene funciones propias y un deber de servir en su puesto que debe ser apoyado y sostenido por los demás, y no suplantado y sometido en nombre de la gloria o de la eficiencia.