El presidente de la Academia Chilena de Ciencias Sociales, Políticas y Morales, Jaime Antúnez Aldunate, y el académico de número Pedro Morandé Court analizan en El Mercurio los principales planteamientos de la primera encíclica del papa León XIV.
El enorme impacto que ha producido la primera encíclica del actual Pontífice, León XIV, se entiende, en parte, por ser la primera explicación proveniente de una fuente universalmente autorizada, que pone al hombre de nuestro tiempo frente a una realidad global, que según éste intuye, lo envuelve y cambia fundamentalmente su contexto, siendo, que desamparado como muchas veces se siente, encuentra aquí la posibilidad de entenderla y autocomprenderse mejor. El fuerte titular de primera página con que este diario anunció el reciente martes 26 la encíclica “Magnífica humanitas”, habla de ello: León XIV aboga por ‘desarmar’ la IA e impedir su ‘dominio sobre lo humano’.
Es cierto que ya su antecesor, Francisco, en las encíclicas “Fratelli tutti” y “Laudato si”(n° 106 – 114, “El paradigma tecnocrático”), así como en su discurso sobre la IA en la reunión del G7 (2024), había rodeado o abordado directamente el tema. Un apreciable avance y profundización en ese camino significaron, después, dos profundos estudios: la Nota “Antiqua et nova” encomendada al Dicasterio para la Doctrina de la Fe y al Dicasterio para la Cultura y la Educación (28.I.2025) y la extensa Declaración “Quo vadis humanitas” elaborada por la Comisión Teológica Internacional (4.III.2026), coincidiendo con la conmemoración del LX aniversario de la Constitución “Gaudium et spes” del Concilio Vaticano II.
A 135 años de distancia -y haciendo coincidir las fechas de las firmas un 15 de mayo- León XIV, subrayando su conciencia del tiempo en que la Providencia lo llama a empuñar el timón de Pedro, muestra en este gesto la trascendencia con que asume el deber, como su antecesor León XIII en la encíclica “Rerum novarum” (15.V.1891), de poner a la Iglesia, con el soporte de su alma, tradición y magisterio, ante las desafiantes “res novae”, las cosas nuevas, que no menos que entonces auguran un siglo XXI tenso en debates definitorios en el caminar histórico de la humanidad.

El crecimiento del poder humano
Recordando que es un deber del hombre dar forma a su propia época para que ésta pueda transformarse en un lugar de justicia y dignidad -y a vista de un contexto en el cual el poder técnico crece con extraordinaria velocidad- la encíclica trae a la memoria las palabras de Romano Guardini: “El crecimiento del poder humano exige una madurez correspondiente para gobernarlo”. Hoy, la velocidad que acumula ante nuestros ojos el progreso técnico, pone en riesgo la memoria y la conciencia de este indispensable deber, afectando ello tanto a las personas como a las instituciones. Alcanzar o asegurar una simetría entre el poder técnico y la sabiduría moral es, en consecuencia, un desafío mayor que nos plantea “Magnifica humanitas”.
Lo dicho supone esfuerzos de envergadura. Significa desde luego -para permanecer fieles a la “humanitas”- vigilar la emergencia de nuevas formas de deshumanización que brotan casi sin darnos cuenta. La técnica no puede ser medida simplemente por la eficacia y rapidez de sus resultados. Exige ser siempre reconducida a la verdad de la persona, lo que ha constituido desde siempre el hito central de la Doctrina social de la Iglesia. “Magnifica humanitas” se inserta en este rico patrimonio.
La encíclica no se sitúa de ningún modo -lo expresa con énfasis- en forma reacia ante los progresos de la técnica, ponderándose por el contrario cuántos beneficios para la persona humana ha logrado y logra de continuo, por ejemplo, en el campo de la medicina. Caminar, entretanto, por esta senda con equilibrio, hace conveniente recordar la célebre proclamación de Juan Pablo II en la Unesco, el año 1981: “La cultura pertenece al ser y no al tener del hombre”. La técnica es, y así debe entenderse, parte de la cultura, y no se ubica -sobre todo para el hombre de fe- en un espacio ajeno al formulado por San Agustín y San Anselmo: “Creo para entender, entiendo para creer”. Es evidente que a tráves de esta expresión de cultura -entendida según la referida y célebre formulación de Juan Pablo II- sea la física, las matemáticas, la astronomía, la química y otras muchas disciplinas de las que depende la técnica, se constituyen en autorreferencia de la inteligencia humana para alcanzar y consumar su último fin. La tecnología pertenece al marco de la alianza del hombre con Dios, cuestión que hoy se confronta con el hecho de la hiperconcentración de los poderes tecnológicos, con más poder incluso que los principales gobiernos de la tierra.

Transhumanismo y Posthumanismo
Estos dos patrones ideológicos que acompañan el proceso al que nos referimos, en la secuela de “Magnífica Humanitas”, son comparables por su pluralidad, se nos advierte, “con un archipiélago de islas conceptuales diferentes, pero unidas por el mismo mar de presupuestos: la centralidad de la técnica y el sueño de superar los límites de la condición humana”. Estamos pues ante el empoderamiento de nuevos paradigmas ideológicos, que aunque sea ésta materia más larga de discutir, pueden considerarse herederos de los que dominaron el siglo XX.
Por una parte el transhumanismo cree en la potenciación del ser humano por medio de las tecnologías -ingeniería del cuerpo, dispositivos, algoritmos-, incrementando de este modo el rendimiento y las capacidades. El posthumanismo, supera en su radicalidad al anterior: “critica el antropocentrismo y plantea una forma de hibridación entre el ser humano, la máquina y el ambiente, hasta imaginar que atravesará el umbral en el que la humanidad se superará a sí misma, entrando en una nueva etapa evolutiva” (MH, 116). Para el posthumanismo la humanidad llegó a su fin y ha de ser reemplazada a través de un salto evolutivo que depende de la tecnología. Detrás de esta invitación a una nueva vida -que va impactando el imaginario colectivo y con él las decisiones sociales, económicas y políticas observa León XIV- se oculta una falsa mística: la Fe se transforma en una cosmovisión hipertecnológica, que entrega toda su confianza a la técnica; la Esperanza deviene expectativa superficial de un nuevo producto que supere el aburrimiento; el Amor se olvida por el apego a las cosas, por el tener más que otros. En este horizonte, lo que da consistencia a la vida humana, desaparece.
Empero, y todavía más allá, a la centralidad de la técnica, como apunta “Magnífica humanitas”, se añade una falsa promesa (plagio de aquella primera, “seréis como dioses”): la superación de los límites de la condición humana. Un punto, éste, de trascendental importancia en lo observado por León XIV. Pues el ser humano no florece al margen de la limitación, sino que a través de ella alcanza la profundidad de alma en que se genera la madurez y la sabiduría. Pretender técnicamente erradicar del todo el dolor, equivale a apagar el amor, sustraerse a la magnífica humanitas, pues los que aman siempre sufren.
Atraviesa a lo largo de estas sabias y proféticas páginas el contrapunto bíblico entre la imagen de la torre de Babel -símbolo de la emancipación, homóloga al paradigma tecnocrático- y la de Nehemías que en el silencio e implorando escruta los muros ruinosos de Jerusalén para reconstruir la ciudad y su tejido humano, homóloga para nuestro tiempo.
Delante nuestro, así, “tenemos el deber urgente de permanecer profundamente humanos” (MH,15).
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