El académico de número interpreta la encíclica “Magnifica Humanitas” del Papa León XIV, en su columna de El Mercurio.
Es notable la primera encíclica de León XIV. No se requiere ser creyente para apreciarla y sentirse interpelado por algunas de las ideas que en ella se contienen.
Pero bien leída, la encíclica no versa tanto sobre la inteligencia artificial (IA) como sobre la ideología que le subyace, la ideología de la técnica.
Desde luego León XIV —al revés de lo que se suele leer u oír— de algún modo desmitifica la IA. Llama la atención acerca del hecho de que la inteligencia artificial no es propiamente inteligencia. Y no lo es porque carece de mundo. Un mundo es un horizonte de sentido en cuyo interior se organiza la experiencia. El conjunto de las cosas existentes no es así un mero agregado o una simple yuxtaposición de cosas que pudieren ser sumadas o calculadas, sino que ellas se organizan en torno a un proyecto vital que las jerarquiza y en torno al cual adquieren sentido e importancia. Las cosas del mundo se ensombrecen o iluminan según un estado de ánimo, un temple podríamos decir, que le confiere el ser humano. La inteligencia artificial no es capaz de poseer ese proyecto vital y por lo mismo carece en sentido estricto de experiencia.
Tampoco la inteligencia artificial habla.