El académico de número defiende el modelo de los Liceos Bicentenario, en su columna del diario Estrategia.
Los Liceos Bicentenario fueron un exitoso experimento llevado a cabo a partir del 2010: se propuso elevar los estándares de la educación pública con metas exigentes, envolviendo la preparación de un fuerte liderazgo directivo, con gran foco en lo pedagógico y la mejora de resultados en la educación pública. Se formuló como una visión que concebía que cualquier cambio efectivo en educación debía tomar varios años: no era posible ninguna reforma con resultados inmediatos. Poco a poco el nuevo sistema fue ganando credibilidad en la misma medida en que más colegios se adscribían al sistema. Los resultados fueron reveladores: el año 2017 la mitad de estos colegios se ubicó en el 20% superior del SIMCE de segundo medio, resultado del foco en la sala de clases, la nivelación de aprendizajes y la reenseñanza, junto a un marcado liderazgo directivo. Se percibía que las comunidades respectivas se sentían favorecidas por una educación pública de buen rendimiento.
La nueva administración de gobierno a partir de 2024 catalogó a este experimento como “elitista”, imponiendo la idea de nivelar hacia abajo que ya había sido el proemio del ocaso del Instituto Nacional y de otros colegios púbicos. Debido a esta concepción, los objetivos de poner el foco en aprendizajes, nivelación de conocimientos y liderazgo pedagógico, se sustituyeron por afirmaciones más bien conjeturales en que los propósitos pasaron a ser la inclusión, la colaboración, la confianza y la integralidad, conceptos todos que no tenían una forma directa de medir para aquilatar resultados. Así, el experimento pasó de lo pedagógico al discurso genérico de equidad de género y participación, perdiendo su foco en resultados académicos.