José Joaquín Brunner: “La guerra cultural: un frente clave de la disputa política”

En una columna en El Líbero, el académico de número sostiene que la discusión política chilena actual se centra más en la economía o en la seguridad y menos en el terreno de las ideas, relatos y significados culturales.

Despierto cada día en un país obsesionado con la inflación, la “delincuencia desatada” y quién sube o baja en la última encuesta. En Chile, la conversación pública parece reducirse a gráficos económicos y estadísticas de seguridad ciudadana. No debe sorprender, por lo mismo, que la fórmula “dato mata relato”, de antigua raíz positivista, se haya difundido con pasmosa facilidad en círculos dirigentes y opinantes.

Confieso que esta fijación me inquieta. No porque la economía o la seguridad no importen -claro que importan, y mucho- sino porque bajo ese ruido constante percibo un silencio peligroso en otro frente. Hay una batalla más profunda librándose, aquí y afuera, que definirá el rumbo de esta época. Mientras discutimos bolsillos y balas, ignoramos la batalla cultural que arde a nuestro alrededor.

Chile: economía, seguridad… ¿y las ideas?

La coyuntura chilena ofrece un curioso contraste. Por un lado, el gobierno de Gabriel Boric -la prometedora “nueva izquierda” nacida de los movimientos sociales de la década pasada y los ecos del estallido social de 2019- muestra signos de desgaste. Se despedirá con dignidad, creo yo, pero sin dejar huella profunda. Tras menos de un año en el poder, su proyecto se vio forzado a encogerse y tuvo que ser sustituido por una agenda conservadora, dictada por las urgencias del momento. Como resultado, según comentaba el politólogo Juan Pablo Luna, la izquierda se quedó “sin programa, se ha quedado sin visión de futuro, sin capacidad de representar lo que a la gente la mueve, le interesa. Y sin esa visión no hay mucho hacia dónde mirar”. 

En vez de liderar con ideas propias, la izquierda navega a la deriva en un mar de confusión. Ha dejado atrás su propio pasado y encara el futuro con temor, fragmentada entre sensibilidades dispares y sin una brújula clara de gobernabilidad. Nuestro progresismo, en suma, parece un viajero desorientado en la niebla ideológica. El antiguo impulso por una educación de calidad, derechos sociales, un Estado moderno, instituciones democráticas robustas, economía mixta y agenda de género se desvaneció tras la derrota del plebiscito de 2022 y la posterior moderación forzada del gobierno. El ciclo de Boric concluye agotado; su repertorio de ideas fue desplazado y, dentro de las izquierdas, su legado contenido en los desdibujados Lineamientos Programáticos de la candidata Jara apenas parece relevante. Una coalición de nueve partidos, sin el pegamento de ideas comunes, produce «lineamientos» que son apenas el esbozo de un cuerpo, ni siquiera un programa en sentido pleno.

Por otro lado, las derechas chilenas -desde la más tradicional hasta su ala más dura- avanzan sin mayor resistencia en la definición del relato público. Hoy dominan la conversación temas que tradicionalmente fueron su fuerte: delincuencia, inmigración descontrolada, crecimiento económico, corrupción. Al mismo tiempo, cuestiones que antes encendían pasiones progresistas (por ejemplo, la memoria del 11 de septiembre de 1973, la plurinacionalidad indígena, el feminismo) han pasado a un discreto segundo plano, cuando no se han vuelto contra sus promotores. Un síntoma elocuente: al conmemorarse 50 años del golpe militar, la discusión de la clase ilustrada se hizo en “cartas al director” y a través de recriminaciones estériles, antes que reflejarse en una reflexión convergente sobre nuestra historia.

Ni siquiera en “su” tema histórico más simbólico la izquierda logró marcar pauta. Sin relato, la discusión se esteriliza en una disputa sobre datos. El resultado es un vacío: las izquierdas chilenas (¡pero no sólo ellas!) lucen vacilantes y a la defensiva, mientras las derechas llenan el espacio articulando a su favor las preocupaciones del ciudadano de a pie. Pero cuidado: debajo de esas preocupaciones legítimas (seguridad, orden, estabilidad económica) hay un campo de disputa más sutil donde realmente se juega la partida. Ese campo es el de la cultura, los valores y los significados que darán forma a la política del mañana.

¿Qué es la “batalla cultural”?

El término suena grandilocuente, quizás excesivo. A algunos les incomoda hablar de “batallas” en política, pues la democracia liberal trata idealmente de diálogos más que de aniquilar enemigos. Sin embargo, guste o no la metáfora bélica, ella describe un fenómeno real. Por batalla cultural entendemos, a la manera anglosajona, el conflicto ideológico entre grupos sociales por el dominio de sus valores, creencias y prácticas. Es decir, una lucha por definir qué visiones del mundo prevalecerán en la sociedad. No se libra con balas ni con leyes únicamente, sino con narrativas, símbolos, ideas y emociones. Importa menos quién controla el parlamento y más quién controla el significado de las palabras, el sentido común colectivo sobre qué es aceptable, deseable o condenable en una comunidad.

Un sociólogo estadounidense, James Davison Hunter, popularizó el concepto hace más de 30 años llamándolo “Culture Wars” -guerras culturales- como “la lucha por definir América”. En aquel entonces aludía a las batallas en torno a temas como el aborto, la familia, la religión o los derechos civiles en Estados Unidos. Su tesis era que la política se estaba reorganizando alrededor de grandes brechas morales más que de divisiones socioeconómicas tradicionales. No se equivocó. Tres décadas después, las guerras culturales no sólo siguen vigentes, sino que se han globalizado y ampliado. Ya no son sólo sermones de predicadores teleevangelistas en el Medio Oeste norteamericano; son pan de cada día en las democracias occidentales, desde Washington hasta Varsovia, desde Roma hasta Santiago de Chile.

Podemos dar una definición más actual: la batalla cultural es, en el fondo, la pelea por el relato de quiénes somos. Tiene que ver con el sentido que atribuimos a nuestra existencia colectiva, con la interpretación de sucesos y datos, con la comprensión del momento y la historia. La estabilidad y la transformación del orden social residen, al fondo, en esas batallas hermenéuticas. ¿Qué problemas consideramos más graves y cuáles no tanto? ¿A quién culpamos de nuestros males y a quién aclamamos como héroe? ¿Qué valores «no se transan» y cuáles son negociables? ¿Cómo definimos lo público en la educación y la salud y qué papel cabe allí a los privados? ¿Cuál es el significado de la religión en un Estado laico? ¿Y cómo aprobamos una moral para el aborto, la eutanasia y ahora, además, para la IA?

En el trasfondo de estas luchas culturales también subyacen la disputa por recursos y el acceso a ellos. Las tensiones culturales se entrelazan con desigualdades económicas, donde temas como quién controla los recursos o quién se beneficia de ellos influyen en el discurso social. Reconociendo esta conexión, entendemos que muchas «guerras culturales» son también luchas por la redistribución económica, reflejando cómo identidades y economía interactúan para moldear las dinámicas políticas de una sociedad.

Todas esas preguntas se responden no con datos duros (aunque sirvan como insumo), sino con narrativas cargadas de ideología. Relato mata dato. Ahí ocurre la guerra cultural: en la construcción de sentidos compartidos. De hecho, la prensa así lo entiende: “la política vive una batalla sin cuartel por el control de las palabras, por su significado y por la manera de definir el mundo”. Es una lucha continua, aunque a ratos se intensifique como un estallido de artillería verbal. Y en esa lucha, las trincheras ya no están en el monte ni en la fábrica, sino en los medios de comunicación.

Sólo que ahora la prensa escrita cubre apenas una fracción del campo de batalla y sus múltiples frentes: televisión, radio, podcasts, blogósfera, redes sociales, sermones, programas de humor, enciclopedias electrónicas, Chat GPT, comunicación académica, libros de historia, en fin -junto con un largo etcétera- la discursividad pública como atmósfera (inevitablemente contaminada) que rodea a la sociedad.

Tópicos en disputa

Ahora bien, ¿qué temas se disputan en estas batallas? Por lo general, aquellos asuntos culturales que más dividen aguas en una sociedad. Algunos ejemplos tomados de los despachos de guerra a nivel nacional e internacional.

Historia: Hay verdaderas batallas por la memoria colectiva. Se debate cómo recordar el pasado -dictaduras, colonización, héroes patrios- y qué narrativas históricas enseñar. Unos acusan de “revisionismo” o “negacionismo”, otros reclaman justicia histórica o rescate de memorias silenciadas. Quien controla el relato del pasado logra legitimar su proyecto en el presente.

Género: En muchos países, los derechos de las mujeres y de las diversidades sexuales se han vuelto terreno minado. La agenda feminista, las identidades trans, el matrimonio igualitario y la educación sexual integral generan pasiones encontradas. Donde progresistas vemos avances civilizatorios, sectores conservadores denuncian una supuesta “ideología de género” que, dicen, destruiría la familia tradicional.

Ciencia: Temas como el cambio climático, las vacunas o incluso la teoría de la evolución han sido politizados. Surgen bandos que abrazan la evidencia científica y bandos que la rechazan tildándola de conspiración o agenda oculta. La posverdad y las fake news alimentan dudas sobre la ciencia, mientras se libra una guerra cognitiva por lo que consideramos verdad frente a la desinformación deliberada.

Inmigración: Pocas cuestiones tocan tan hondo el nervio cultural como la llegada de extranjeros, los “otros”. En las batallas culturales actuales, la inmigración se debate con términos de amenaza o enriquecimiento nacional. Se contraponen narrativas: “invasión” versus “nación de acogida”, “orden y seguridad” versus “derechos humanitarios”. Detrás subyacen tensiones étnicas, raciales y de identidad nacional. Europa y las Américas se encuentran sacudidas por este fenómeno, más que por huracanes, terremotos y tsunamis.

Nación: El patriotismo, la soberanía y la idea misma de nación son constantemente resignificados. Nacionalistas populistas exaltan símbolos patrios, fronteras y homogeneidad cultural, enfrentados a visiones más cosmopolitas o plurinacionales. Se decide quién pertenece al “nosotros” nacional y bajo qué símbolos nos unimos (o se nos divide). Nuestras  “comunidades imaginadas” son hace rato un eje de la disputa político-constitucional en América Latina.

Religión: Aunque en Occidente la mayoría de las sociedades son más laicas que antes, la fe sigue siendo arma cultural. El término alemán Kulturkampf proviene de ahí precisamente; la ardua batalla (1871-1878) librada por el canciller Von Bismarck para someter a la religión católica al control del Estado. Actualmente, movimientos conservadores reivindican “raíces judeocristianas” o valores religiosos como fundamento de la ley y la moral pública, en oposición a visiones laicas o a minorías de otras religiones. Disputas sobre el aborto, la eutanasia o la enseñanza religiosa encajan aquí, enfrentando visiones morales absolutas con pluralismo secular.

Guerras: Dejo como último tópico, pero no el menor, las guerras que hoy se libran también en la cultura: entre Ucrania y Rusia, entre Israel y Gaza. La primera divide a Estados Unidos de Europa y a las izquierdas entre sí (donde cierto anacronismo prosoviético justifica la invasión de Putin como reacción frente a los “batallones nazis” del régimen ucraniano). La segunda se libra en la conciencia de Occidente entre terrorismo y genocidio, con una catástrofe humanitaria de proporciones. Según señala el comisionado general de la Agencia de la ONU para los Refugiados Palestinos (UNRWA), Gaza “no es sólo una catástrofe humanitaria, es una crisis para el orden internacional basado en normas. […] familias enteras, barrios enteros, una generación entera están siendo aniquilados en Gaza”.

Estos tópicos -historia, género, ciencia, inmigración, nación, religión, guerras y más- polarizan con fuerza porque tocan las fibras más íntimas de la identidad y la ética. No se resuelven con tecnicismos ni acuerdos de pasillo; despiertan emociones profundas: orgullo, miedo, resentimiento, esperanza. Por eso son la munición predilecta de la guerra cultural. Y los combates se libran en múltiples escenarios: los medios masivos, donde se siembran narrativas y marcos interpretativos; las redes sociales, donde ejércitos de memes y trolls disparan mensajes simplistas y atacan a los disidentes.

La volatilidad y fugacidad de plataformas como TikTok contrastan con el análisis pausado de la prensa escrita, lo que explica por qué ciertos marcos culturales prosperan tan rápido en el mundo digital. En TikTok, por ejemplo, mensajes breves y visuales pueden viralizar opiniones y reducir debates complejos a tendencias efímeras y efectos llamativos. Las escuelas y universidades también se convierten en campos de batalla donde el currículo y la libertad académica enfrentan presiones ideológicas; la diplomacia internacional ve a gobiernos chocar en torno a valores, como en los debates de la ONU sobre derechos sexuales y reproductivos o en bloques de países que promueven visiones opuestas de «familia» o «libertad de expresión». Incluso las industrias culturales -cine, música, entretenimiento- son terreno de disputa: ¿Cuántas veces escuchamos que tal película es «propaganda progresista» o que cierta canción es «políticamente incorrecta»?

La ofensiva global de las derechas

Si la guerra cultural es hoy el campo clave de la disputa política, es en buena medida porque diversos actores, en especial de la nueva derecha global, la han convertido en su estrategia predilecta. No es paranoia ni teoría conspirativa: ellos mismos lo dicen con todas sus letras. Steve Bannon, exasesor de Donald Trump y uno de los ideólogos de la ola populista de derecha, sostenía que antes de librar cualquier batalla política había que ganar la batalla cultural, alcanzando la hegemonía ideológica en la sociedad. Bannon, admirador del ilustre intelectual italiano marxista Gramsci, entendió que para conquistar el poder no basta con contar votos: hay que modelar las percepciones y valores colectivos de tal forma que esos votos lleguen casi por inercia. Aquello de que “la política es downstream from culture” (la política está subordinada a la cultura) se volvió un mantra. Y qué duda cabe, ha venido aplicándose. Un elemento crucial en esta guerra cultural es el control mediático. En Chile, esta realidad ayuda a aclarar por qué ciertas narrativas derechistas encuentran más amplificación. Esta concentración refuerza mensajes hegemónicos, moldeando el sentido común y facilitando la difusión masiva de agendas particulares.

Hoy vemos a figuras como Donald Trump en Estados Unidos, Viktor Orbán en Hungría, Giorgia Meloni en Italia, Marine Le Pen en Francia, Javier Milei en Argentina (por nombrar algunos) librando cruzadas culturales en toda regla. Sus estilos y contextos varían, pero comparten un libreto reconocible: presentan al status quo liberal (los viejos partidos, las élites tecnocráticas, los medios tradicionales, la academia “progre”) como un enemigo de los valores “verdaderos” del pueblo. Prometen restaurar un orden moral supuestamente perdido, ya sea “hacer América grande de nuevo” o “defender la civilización occidental cristiana” frente a la decadencia. Controlar el relato público es vital para ellos. Por eso atacan constantemente a la prensa “globalista” o “vendida” y, a la vez, impulsan sus propios altavoces mediáticos y plataformas en redes. Por eso inventan etiquetas simplificadoras pero potentes: “ideología de género”, “marxismo cultural”, “globalismo”, “woke”, con las que demonizan cualquier idea progresista sin necesidad de entrar en detalles. Reducir, caricaturizar y atacar: esa es la táctica.

Los ejemplos abundan. Orbán, el primer ministro húngaro, lo dijo sin rodeos ante una audiencia de derechistas en Estados Unidos: “La política no basta. Esta guerra es una guerra cultural”. Bajo su mando, Hungría se ha proclamado baluarte de los “valores cristianos” en Europa, combatiendo todo lo que suene a inmigración musulmana, derechos LGBT o cosmopolitismo bruselense. En su discurso de 2022 en la CPAC de Dallas detalló que, para ganar la guerra cultural, “tenemos que confiar ante todo en nuestras enseñanzas judeocristianas… y ser lo suficientemente valientes para abordar incluso las cuestiones más sensibles -migración, género y el choque de civilizaciones”.

No podría ser más claro: para Orbán (y quienes lo vitorean) temas como migración y género son municiones en una contienda civilizatoria, casi sagrada. Meloni en Italia, por su parte, ganó el poder enarbolando el lema “Dios, patria y familia”, reviviendo con aparente normalidad consignas tradicionales de la ultraderecha italiana. Su gobierno ha promovido una visión nacionalista y conservadora en lo cultural: se opone al lenguaje “inclusivo” de género, defiende una identidad nacional católica y llama “ideología” a buena parte de las reivindicaciones de minorías. También en Chile, Kast es un activo miembro de esta red internacional conservadora. Kaiser lo sigue desde atrás. Ambos convergen -en este plano- en una misma perspectiva de restauración cultural patriótico-religiosa.

En Estados Unidos, durante el primer mandato de Trump, vimos una constante agitación de temas culturales: prohibiciones migratorias enfocadas en países musulmanes y latinos, ataques a la “corrección política”, defensa pública de estatuas confederadas en medio del debate racial, nominaciones de jueces ultraconservadores que finalmente revirtieron el derecho al aborto a nivel federal. Nada de eso fue casualidad: era la ejecución de un programa cultural-ideológico buscado por sectores conservadores durante años.

En su presente mandato, con el apoyo radicalizado de su movimiento MAGA, Trump desató, según informaba el diario británico The Guardian, “Una ola de entusiasmo por prohibir conceptos, autores y libros que se extiende por todo Estados Unidos. 44 estados han propuesto prohibir la enseñanza de “conceptos divisivos”, y 18 estados las han aprobado. La Ley Stop Woke de Florida prohíbe la enseñanza de ocho categorías de conceptos, incluyendo los que sugieren que “una persona, en virtud de su raza, color, sexo u origen nacional, tiene responsabilidad personal y debe sentir culpa, angustia u otras formas de sufrimiento psicológico por acciones, en las que no participó, cometidas en el pasado por otros miembros de la misma raza, color, origen nacional o sexo”. Esta misma semana el fervor de la batalla cultural alcanzó un máximo con ocasión del funeral de Charles Kirk. “El arma le apuntaba a él, pero la bala nos apuntaba a todos”, exclamó el Presidente Trump en su discurso fúnebre que desde antiguo, sabemos, suelen ser parte, también, de las batallas culturales. 

La derecha populista ha encontrado en la guerra cultural, efectivamente, un filón para atraer apoyos más allá de lo que sus propuestas económicas lograrían. Es más fácil movilizar a alguien alarmándolo con que “te quieren quitar la Navidad” o “van a homosexualizar a tus hijos en el colegio” que con promesas tributarias. Esto no significa que sus convicciones culturales sean falsas; muchos de sus líderes realmente creen en esos valores tradicionales. Han aprendido a instrumentalizarlos políticamente con notable éxito. Como resume un ensayista español, “estas batallas interesan a quienes buscan tener a una parte importante de la sociedad en shock, desestabilizada emocionalmente, proyectando una tensión que tiene consecuencias electorales”. El shock cultural paraliza, polariza y, en última instancia, beneficia al que mejor manipula el miedo o la añoranza colectiva.

Evidentemente, no sólo las derechas juegan esta partida. También ciertas izquierdas entran con entusiasmo al campo de la guerra cultural. En Chile, por ejemplo, la Convención Constitucional del 2021 fue el teatro de una guerra declarada por la ultraizquierda, el FA y el PCCh. En España, el gobierno de centroizquierda de Pedro Sánchez no tuvo reparos en enfrascarse en duelos retóricos diarios con la ultraderecha de Vox sobre feminismo, memoria histórica o migración. Íñigo Errejón, inspirador del FA en Chile, criticaba que el gobierno de Sánchez “está cómodo en un intercambio de disparos retóricos con las derechas… porque le permite presentarse como muy de izquierdas precisamente por el ruido que hacen las derechas”.

Es decir, la polarización cultural puede servir a ambos extremos: unos agitan el espantajo “comunista”, “progre” o “woke” para unir a la derecha sociológica; otros agitan el espantajo “facho” o “pinochetista” para unir a la izquierda sociológica. El resultado es un ambiente político enrarecido, encapsulado en bandos irreconciliables donde cada uno predica a su coro. De allí surge esa constante sensación de déjà vu: debates que no convencen a nadie nuevo, que sólo refuerzan a los ya convencidos y profundizan la grieta.

La política se transforma en un teatro de trincheras, donde el espectáculo desplaza a la persuasión. Al final, la victoria suele ser para quien dicta las reglas del juego. Hoy, ese papel lo asume la nueva derecha, que consigue que incluso sus adversarios terminen bailando al ritmo de los temas que ella impone.

Chile: mapa del campo de batalla

Volvamos a Chile para finalizar estas reflexiones. ¿Existe aquí una guerra cultural en marcha? Sí, aunque a veces no la llamamos así y sus escenarios son cambiantes. Según apuntábamos hace un momento, el proceso constitucional fracasado de 2021/2022, más allá de otros significados, fue en gran medida una batalla cultural. El proyecto de nueva Constitución proponía un reordenamiento profundo de principios, símbolos y valores.

Según resumí entonces en esta misma columna, la terminología inspiradora lo manifestaba con machacona claridad: Preeminencia de derechos humanos, igualdad y prohibición de discriminación, enfoque de género y perspectiva feminista, plurinacionalidad, interculturalidad, descentralización, equidad territorial, plurilingüismo e igualdad lingüística, participación popular incidente, participación incidente de pueblos indígenas y consulta indígena, probidad y ética, enfoque de cuidados, principio de respeto y cuidado de la naturaleza y aplicación de un enfoque ecológico, eficacia, coherencia, enfoque de niñez y adolescencia, inclusivo, enfoque de culturas, patrimonio y arte, publicidad y transparencia, economía y cuidado de los recursos públicos, principio de interpretación pro persona, pluralismo, tolerancia, deliberación informada, lenguaje claro e inclusivo, trazabilidad (tanto de la información producida como de la requerida externamente), perspectiva socioecológica. Tal era el marco ético-político que se pretendía sirviese para orientar el trabajo del órgano constituyente. Una demostrativa fraseología woke lanzada como primera andanada de la batalla constitucional.

Por su lado, la derecha -y sectores moderados- leyeron aquel texto como una amenaza identitaria: ¿un Chile de “naciones” indígenas? ¿Una “Madre Tierra” en la Constitución? ¿Más derechos para algunos grupos que para otros? ¿Varias justicias en La Araucanía? Se difundieron temores de disolución nacional, de “ideología de género” constitucional, de pérdida de la esencia chilena. En la campaña del plebiscito, la batalla por la historia nacional también estuvo presente: se acusó a los promotores del cambio de renegar de la transición democrática de 1990 o de querer refundarlo todo desde cero, borrando tradiciones. Al final, esa pugna de relatos la ganó el Rechazo con un contundente 62%. Fue una derrota cultural para las izquierdas: el electorado no compró su visión de un Chile “refundado”. El propio Presidente Boric debió asumirlo; su gobierno dio un giro pragmático, apartando el lenguaje épico-transformador. Con ello, la iniciativa en la arena cultural pasó a manos de sus adversarios.

Luego pudieron verse los efectos. En la discusión del nuevo (segundo) proceso constituyente (esta vez dominado por una mayoría de derecha ultraconservadora), los énfasis fueron otros: “Chile, una nación indivisible bajo Dios”, “la familia como núcleo fundamental”, “derecho a la seguridad”, etc. Básicamente, la agenda conceptual de la derecha. Según reflexionaba yo al rechazarse también esta alternativa bélico-cultural, “De hecho, la carrera ascendente de las derechas, encabezadas por Kast y los Republicanos, alimentó el sueño de una Constitución “propia”, […] un diseño identitario de derechas, buscando imponer su visión del mundo, sus valores y su modelo de desarrollo”. Derrotadas entonces, hoy regresan con mayor fuerza y dentro de un cuadro internacional que -ya lo vimos- ha seguido evolucionando a su favor, sobre todo luego del acceso por segunda vez de Trump al gobierno de los Estados Unidos con un plan de guerra cultural no sólo para su propio país sino para el mundo entero.

Los sectores progresistas, en cambio, que hace nada enarbolaban causas culturales con vehemencia -a veces también con enfoque de guerra cultural- lucen a la defensiva o francamente desorientados sobre cómo conectar con la ciudadanía en los temas y tópicos en disputa. Las encuestas indican que las prioridades ciudadanas están alineadas con el mensaje duro de orden y prosperidad material. En las municipales y regionales, figuras de derecha dura ganaron terreno agitando banderas contra la delincuencia, contra los migrantes ilegales, contra la “ideología de género” en la educación, etc. Se instaló allí un clima de época donde palabras como “mano dura”, “productividad”, “valores tradicionales” resuenan más que “transformación” o “igualdad”.

La generación rupturista, esa camada de dirigentes estudiantiles que llegó al poder con Boric a la cabeza, ha perdido impulso y credibilidad. Difícilmente podrá proyectar su visión con éxito bajo el liderazgo de Jara, pese a su buen talante y trayectoria ejemplar. No es sólo cuestión de errores de campaña, equipos invisibles, débil articulación o un entorno hostil. Sobre todo, Jara no logra competir en el arte del relato, en la interpretación del país, en tejer una narrativa que inspire un rumbo claro, en imaginar la nación como una comunidad compartida. En suma, tropieza en el terreno decisivo de los tópicos culturales en disputa.

Ante una marea de alta inseguridad, las neoizquierdas responden con desgano y contradictoriamente, luego de volverle la espalda a Tohá, única líder con visión, capital y fuerza en este ámbito. Frente al desencanto económico postpandemia, no encuentran un lenguaje propio para motivar inversión y empleo. Frente al arraigado conservadurismo valórico de amplios sectores, asumir que bastarían algunas consignas progre sin construir un relato que no excluya a una parte importante de la población -que se siente amenazada- es un error estratégico. En breve, dejan campos simbólicos enteros sin ocupar. Y esos espacios han sido tomados por el discurso securitario de las derechas, impulsado por la ola hobbesiana global.

La izquierda socialdemócrata, en tanto, carece de perfil ideológico propio, mientras debió dedicarse a asistir a un gobierno que nunca terminó por reconocerla en su historia y autonomía, en sus propuestas y trascendente contribución a la gobernabilidad del país. Ahora, para mi pesar, debo confesarlo, se encuentra deshilachada, con sus cuadros tecnopolíticos dispersos. Una fracción, respetable, emigró hacia la derecha tradicional; otros miran desconcertados hacia la izquierda; algunos terminarán sumándose al FA; pocos al PCCh -son tradiciones opuestas- y los demás continuarán reclamando una fusión del PS, el PPD y el PR, una suma de tres fuerzas agotadas. Como otros progresismos -de Francia a Colombia, de Argentina a Alemania, de Italia a Bolivia, de Estados Unidos (los Demócratas en desbandada) a Perú-, nuestro progresismo se halla a la defensiva, sumido en la confusión ideológica, sin categorías intelectuales siquiera para comprender la debacle de los mundos comunista, socialista y de izquierdas del siglo XX. 

Es crítico, por lo mismo, entender que la derecha chilena no sólo está ganando elecciones; está ganando la batalla de los significados colectivos. Cuando en la conversación pública se normalizan ciertas premisas («el país se fue al caos tras 2019», «el feminismo se puso extremo y hay que pararlo», «los inmigrantes trajeron el crimen organizado», «los empresarios están asfixiados por tanta permisología progre»), se configura un nuevo sentido común (gramsciano) donde las propuestas conservadoras caen en tierra fértil. Esa es la hegemonía cultural en construcción. Y preocupa que avance sin oposición ni resistencias.

Los candidatos de derecha extrema, Kast y Kaiser, ni siquiera necesitan vocear esta vez sus ideales y valores. O lo hacen medidamente, pues avanzan sobre terreno propicio. Se perciben por primera vez tras muchas décadas como “mayoría cultural”, en una época de derechas fuertes, duras, restauradoras. En un mundo trumpiano de batallas culturales que aplaude cuando en algunos Estados se prohíben libros, se censura a humoristas, se ataca a las universidades, se cuestiona a las ciencias y se cataloga como enemigo peligroso -amenaza para la seguridad nacional, el orden, las buenas costumbres y la moral- a grupos de izquierdas, a las ciencias sociales y las humanidades, a las vanguardias artísticas, a las teorías críticas y a las disidencias morales.

Seguramente uno de los mayores éxitos de esa ola de derechas duras es hacer aparecer como woke y “lunático” y un peligro para la sociedad y la estabilidad del orden cualquier pensamiento de izquierdas y centroizquierdas, de socialdemócratas a socialcristianos, de radicales a humanistas críticos, de ecologistas a liberales pluralistas. Incluso algunos círculos de derecha liberal centrista y sus promotores en el plano de pensamiento suelen ser atacados como cobardes o tibios por rehusarse a engrosar las filas de los ejércitos autoritarios, cristiano-nacionalistas y de reinstauración de una democracia protegida y un Estado de emergencia y seguridad total. No sería raro, por lo mismo, que, como ha sucedido en otras latitudes, también en Chile intelectuales y talking heads de ese centrismo suavemente liberal experimenten próximamente una conversión y se unan a la primera línea de infantería en esta guerra cultural.

Parafraseando aquel famoso (y manido) dicho sobre la economía, aquí y ahora “es la cultura, estúpido”. O sea, son las ideas, los símbolos y las identidades las que encienden o apagan el entusiasmo de élites y masas. La batalla cultural es el campo de disputa clave de esta época. Ignorarlo equivale a presentarse desarmado al terreno donde avanzan los adversarios.

Chile no es ajeno a esta realidad. Si la generación que prometió cambiarlo todo fracasó en articular un horizonte convincente, toca aprender la lección. De lo contrario, las derechas duras -sin complejos en estas lides- ganarán no sólo el gobierno; ganarán el consentimiento del pueblo. Así sucede con el fenómeno del buquelismo. Ocurrió antes, en la Europa de los años 1930, y puede ocurrir otra vez ahora con Trump en Estados Unidos. Quizá no sea de la misma manera que hace un siglo, ni con movimientos similares. Pero sí conquistando la democracia desde dentro -por votación popular- para luego, desde ahí, transformarla con lineamientos iliberales, promesas de autoridad, populismo nacionalista, valores tradicionales y prédicas sobre oscuras amenazas conspirativas que permitan crear pánico moral y excluir a las izquierdas.

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