El Presidente de la Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales reflexiona sobre el estado actual de la política y las campañas electorales en Chile.
Sr. Director,
Habría que fijarse en el fondo que trae consigo la opinión reiterada de observadores del panorama eleccionario, en el sentido de que todas las discusiones e intercambios se restringen a aquellas cuestiones concretas que preocupan a la gente. Seguridad primero, salud después, en seguida escolaridad y otros. Se diría que los que ayer se ufanaron, también con inconfesado reduccionismo, en aquello de que “nuestras ideas son las mejores”, hoy, bajando algunos peldaños, sólo son capaces de alegar en su favor “técnicas” mejores. Mientras tanto, en todo esos planos, sin que estas nuevas ideas mucho resuenen, seguimos “rampa abajo y a toda vela”.
Sería necesario preguntarse a estas alturas, qué es el “pan de cada día”, que imploramos, y dónde verdaderamente se le encuentra.
Fue la de 1958 la primera elección presidencial que acompañé con verdadera vibración. Era común que fuese así, entre grandes y chicos ¿Revela la situación antedicha algún progreso respecto de este Chile de 67 años después?
Disputaban entonces la presidencia, aparte de Luis Bossay Leiva representando un clásico radicalismo con ADN propio, otros con mayores posibilidades: el vencedor, Jorge Alessandri, con estilo conservador y programa económico “gerencialista” de baja intensidad ideológica. Frei Montalva con estilo reformista y programa socialcristiano de intensidad ideológica media. Y Salvador Allende con estilo prerrevolucionario (respecto de lo que llegó a ser en 1970) y programa con inspiración marxista e intensidad ideológica alta.
Con todos los va y vienes de aquel cuadro y su futuro, me parece sin embargo menos cerrado e ideológico que el “cosismo” prevaleciente (culpa más del ambiente que de lo propios candidatos).
Comentando alguna vez la plegaria universal, el sabio Joseph Ratzinger apuntó que ese “pan de cada día” recogía el corazón de la petición, pues comprendía y se refería implícitamente a lo que antecedía: la voluntad y el reino.
Aunque sea insano confundir religión y política, no cabe duda que esta última se nutrió, a lo largo de la historia, cuando no por osmosis, del sentido teleológico de lo religioso, inmerso incluso en diversa y muy antiguas culturas. Fue en esa clave que reposó cualquier perspectiva de paz. El caos intra y extramuros hoy prevaleciente habla por sí mismo.