En su carta al Director del diario El Mercurio, el académico de número explica que defender la neutralidad religiosa del Estado no significa excluir la religión del espacio público.
Señor Director:
Es sorprendente la manera en que algunos de sus lectores incurren —o insisten— en malentendidos. Es el caso del profesor José Joaquín Ugarte. En su carta de ayer dice discrepar conmigo porque “sería contradictorio que la libertad religiosa consistiera en expulsar la religión del ámbito público”.
Pues bien. Ese no es el asunto que aquí se discute. Lo que se discute (¿será necesario explicar de nuevo la distinción entre laicismo, laicidad y neutralidad?) es si acaso la invitación por parte de una autoridad —en calidad de tal— convocando a una eucaristía infringe o no el deber de un Estado neutral de tratar con igual respeto y consideración a todos los credos. Lo que he sostenido es que un acto semejante —como el que habría ejecutado la ministra de Desarrollo Social— infringe los deberes que pesan sobre el Estado. Eso no significa excluir a la religión de la esfera pública (basta revisar la jurisprudencia americana y contrastarla con la francesa para advertirlo), ni devaluar a la religión como parte de la cultura. Significa, en cambio, reclamar que se respete un deber de neutralidad derivado del deber de tratar por igual a todos los ciudadanos y sus creencias.