En su columna de El Mercurio, el académico de número defiende las humanidades y las ciencias sociales frente a la decisión del Gobierno de reducir los recursos destinados a estas áreas en favor de disciplinas consideradas prioritarias.
La disminución de recursos hacia las humanidades y ciencias sociales que ha previsto el Gobierno —en favor de lo que a su juicio son áreas prioritarias— es una grave lesión a las universidades y la esfera pública. Y vale la pena revisar por qué.
Para ello es imprescindible recordar lo que caracteriza a las humanidades, el hilo que uni?ca y vincula a quienes descifraban textos en Pérgamo, a Lorenzo Valla y Petrarca, que recuperaban el saber de un Cicerón o un Quintiliano, a un crítico literario dedicado hoy a Derrida o a los estudios culturales, a un arquitecto que indaga en la forma en que la ciudad distribuye el espacio, a un artista que explora en la música o la plástica aquello que no puede ser dicho y a un historiador que revisa la memoria colectiva.
¿Qué tienen en común esos quehaceres en apariencia indisciplinados y diversos? Lo que tienen en común es que todos ellos están empeñados en descifrar los signi?cados que subyacen a la creación humana, en indagar y explorar las mallas de signi?cado que confieren sentido a la realidad que nos rodea. Porque no vivimos rodeados de cosas, sino de significados. Y cuando las humanidades y las ciencias sociales develan esos significados, o los critican, o los exploran, muestran que el mundo es contingente y de esa manera señalan los intersticios por donde se insinúa la posibilidad de un mundo distinto al que hoy día poseemos.