El académico de número analiza por qué la muerte de un papa genera tanta conmoción, incluso entre no creyentes, en una columna de El Mercurio.
¿Por qué la muerte de un papa —a diferencia de la de un intelectual, un político o un artista— provoca tanta conmoción, tanto revuelo, tanta agitación, como si de pronto se despertara la sospecha de que algo de especial significado ha ocurrido?
Para un creyente la respuesta es muy sencilla: se trata nada menos que de la muerte del sucesor de Pedro, del sucesor de la piedra sobre la que se erigió la Iglesia como comunidad universal, aquella que está llamada a renovar una y otra vez la memoria de futuro en qué consistiría la fe, puesto que esta no sería otra cosa que recordar y confiar en la promesa que se hizo a Abraham.
Pero esa razón no vale para los no creyentes. Así, la pregunta sigue en pie: ¿Por qué importa esa muerte?, ¿qué trae al debate la muerte de un papa?
Puede ser útil responder esa pregunta.