Columna del Director del Centro de Reputación Corporativa del ESE Business School, Universidad de los Andes, publicada en el diario El Mercurio.
Donald Trump ha regresado a la Casa Blanca no porque los estadounidenses votaran por sus ideas, sino porque sucumbieron ante su magnetismo arrollador. Lo suyo fue el triunfo del personaje, más potente que cualquier programa de gobierno.
A sus seguidores no les importan sus contradicciones políticas. Trump ha defendido posturas diametralmente opuestas en temas cruciales: inicialmente apoyó el derecho al aborto, para luego convertirse en su firme opositor; prometió revolucionar la salud pública y, posteriormente, intentó desmantelar programas existentes sin ofrecer alternativas viables. En 2017 declaró a la revista The Economist su respaldo al libre comercio, mientras que ahora impulsa políticas abiertamente proteccionistas. A pesar de estos vuelcos ideológicos, su base de apoyo permanece incólume.
¿Qué tiene este hombre que genera tan poderosa adhesión entre sus seguidores? Para empezar, transmite una autenticidad que resulta seductora en tiempos de desconfianza institucionalizada. Mientras figuras políticas tradicionales se pierden en ambigüedades calculadas, Trump habla sin filtros, conectando directamente con ciudadanos hastiados de la corrección política —similar a lo que hacen líderes como Milei en Argentina o Bukele en El Salvador, cada uno en su contexto.