
Discurso de Incorporación de Enrique Silva Cimma como Miembro de Número de la Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales.
Sean mis primeras palabras de agradecimiento muy profundo para el Instituto de Chile y su Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales que en esta solemne sesión han resuelto acogerme en su seno.
Comprendo la responsabilidad que esto entraña para mí. Sé que tan generosa determinación es la consecuencia de que Uds. han valorado una vida entera dedicada al servicio público, sobre todo en la docencia superior a la cual he consagrado todos mis desvelos sin buscar más compensación que la satisfacción íntima que siente el maestro en permanente contacto con la juventud y entregándole a ella no sólo sus conocimientos sino que sus inquietudes e investigaciones.
Tan honrosa decisión que he aceptado gustoso pero lleno de temores, implica a la vez una responsabilidad y un compromiso: dedicar ahora mis esfuerzos constantes y permanentes al engrandecimiento y prestigio de tan noble institución. Tengan la certeza, señores académicos, de que no escatimaré sacrificios para responder a la confianza intelectual que en mí han depositado.
1. INTRODUCCIÓN AL TEMA
He elegido como trabajo de incorporación el análisis de la Universidad de hoy y de la Universidad del mañana.
Tema es éste que es y ha de ser, por cierto, motivo de hondas preocupaciones para todos los estudiosos que aman a la Universidad, viven en su carne y palpitan en su conciencia con los problemas de toda índole que se han venido suscitando en torno a ella.
Los que estamos conscientes de la trascendencia que la Universidad reviste en la vida de una colectividad organizada, no podemos mantenernos ajenos a todo este juego de situaciones conflictivas, a veces apasionadas, en las que parece difícil encontrar la luz, en donde las distintas opiniones buscan cauces, a menudo antagónicos, en donde sin duda de buena fe los sectores interesados defienden sus puntos de vista muchas veces discrepantes con calor y vehemencia, hasta el punto que se hace imposible encontrar la adecuada solución al caos.
Es natural que así sea. Siempre la necesidad de cambios se tangibiliza dentro de un ambiente de agitación, aún cuando no de violencia. Los que quieren impedir ese cambio, se encastillan en las situaciones adquiridas y pretenden sostener que todo lo que se oponga a ese status implica necesariamente anarquía y violencia.
Es por eso que nos ha parecido un deber ineludible de universitario y de maestro aportar nuestra observación y nuestro juicio al problema. No creemos haber descubierto la verdad absoluta, y estamos ciertos de que muchas otras observaciones más certeras podrían abonarse al tema que nos inquieta, pero si estamos convencidos de que una opinión serena, que aborde el problema objetivamente y con tranquilidad espiritual, puede contribuir a hacer claridad en un asunto de tanto interés para la colectividad.
Porque estamos ciertos de que despojados de toda ambición, poseemos esa serenidad, objetividad y tranquilidad espiritual, es que no hemos vacilado en asumir la tarea, entregando nuestro aporte sincero al estudio del problema universitario.
Pero antes de entrar en materia, aclaremos desde luego un concepto: Al hablar de Universidad de hoy y del mañana no pretendemos trazar rasgos inmutables. La Universidad es y debe ser un valor permanente, y como tal, para que responda al fin y motivo de su existencia debe estar adecuándose y cambiando periódicamente en sus tácticas y métodos para que realmente tenga vivencia en proyección de futuro. Nunca un proceso de reforma universitaria puede clavar su sistema creyendo que ha encontrado la solución definitiva.
Ello sería provocar, mediante nuestra propia enajenación, una cosa sin alma, un “golem” al decir de la expresión hebraica. Tal criterio, de pretender erradicar una reforma y un sistema produciría, en último término, sólo una Universidad Desarrollista y no una Universidad crítica a la vez, elemento éste que es vital para que los altos cuerpos de enseñanza superior detecten lo que han de ser sus periódicos aportes en función de adecuación al cambio social.
2. EL CONCEPTO DE UNIVERSIDAD. ¿CUÁL ES SU PAPEL Y SU FIN?
Formulémonos en primer término algunos interrogantes. ¿Qué es la Universidad? ¿Para qué se crea? ¿Qué papel juega en una sociedad y qué fin está llamada a cumplir?
Preguntas son éstas que, naturalmente, han de tener respuestas diferentes según cual sea el alcance y extensión que se asigne a los órganos que han de ser depositarios de la cultura superior, de la investigación, de las ciencias y de las artes. Distintas habrán de ser también las respuestas según el Estado o los Estados en donde el problema se aborde. Así el papel de la Universidad en un país en desarrollo no puede ser, obviamente, el mismo que haya de tener en un país que ha superado esa etapa. Aquella ha de ser, necesariamente, más combativa y dinámica, si quiere contribuir con su esfuerzo y su acción eficaz a salir de la postración y del marasmo que el subdesarrollo entraña.
Muchos son los pensadores que analizando el problema desde ángulos diversos, han buscado dar respuestas a estos interrogantes señalando tesis, matices, criterios distintivos y características que asignarían esencia a lo que la Universidad es o debe ser.
Nosotros daremos un juicio muy sencillo, porque creemos que a menudo la sencillez de los conceptos permite arrojar luz y clarificar el panorama que se desea analizar. Y ello nos parece esencial en un problema tan debatido y controvertido como es éste que atañe a la Universidad.
Desde luego, y adelantando conceptos, precisemos que cuando hablamos de Universidad nos referimos no a una institución individualizada y específica sino que estamos empleando el vocablo en sentido genérico, en su recta expresión comprensiva de todos los institutos de enseñanza e investigación superior que se dedican con criterio de universalidad al análisis y búsqueda de la verdad, al cultivo de las artes, a la profundización del saber humano y a su transmisión a la colectividad entera.
La Universidad viene a ser así el conjunto de institutos preocupados del análisis de las ciencias y de la cultura en constante renovación: no sólo educando sino que formando hombres útiles a la colectividad en que viven, preparando profesionales y especialistas fundamentales para el progreso integral del país manteniendo una alta calidad espiritual elaborada dentro de un marco de libertad que les permite concebir y comprender la democracia. De esta manera no puede ser ni confesional, ni dirigida, ni monopolista en lo ideológico, si bien debe conducir a la formación de un hombre no sólo tecnócrata sino que político en el sentido de la más absoluta objetividad.
Con razón nos dice Blau que la elevación operada en el nivel de la educación hace que muchas personas se interesen objetivamente por los asuntos políticos.
Así concebida, la Universidad debe ser cuna, bastión y defensa de la Democracia, porque sólo practicando la libertad, amándola y amparándola, dentro del recíproco respeto de los deberes y derechos de todos, la Universidad será faro luminoso que irradie su luz a la colectividad a la que ha de entregar el fruto de sus intensos esfuerzos.
De esta manera la Universidad será de todos y para todos y ningún límite o cortapisa podrá existir para que tengan acceso a ella todos los que sin más atributos que su talento e idoneidad acudan a golpear a sus puertas aspirando a gozar de su saber y de su cultura para transmitirla después a la colectividad en que viven. En otra forma, se ve qué sentido pueda asignarse a aquel principio de la igualdad ante la ley que consagra el texto constitucional y que actualmente a lo menos en el plano educacional, no pasa de ser un precepto semántico, vacuo y sin contenido.
No concebimos hoy día a la Universidad sólo como escuela formadora de profesionales. Con ser éste un aspecto esencial de su gestión y cometido, está lejos de ser el único. La Universidad debe ser herramienta forjadora importante del cambio social. Para ello, cultivando intensamente la investigación científica, extendiendo su manto protector a todos, derramando a torrentes por la vía de la extensión la cultura y el saber a la colectividad en que actúa, debe adelantarse a las necesidades de cambio, detectarlas imaginativamente, analizarlas objetivamente, y transformada en la más formidable empresa intelectual y cultural de un país, entregar planificadamente su contribución y aporte al progreso de la colectividad entera.
No puede pues ser estática, ni enquistarse en una torre de marfil a observar puramente la realidad científica. Debe ser dinámica, vivir esa realidad, examinarla, diseccionarla y estudiar los medios de provocar el progreso y desarrollo de la colectividad de la cual ha de ser un instrumento de acción y no un órgano de mera pasividad contemplativa.
3. PANORAMA DE LA UNIVERSIDAD EN LOS ÚLTIMOS AÑOS
No pretendemos por cierto trazar un cuadro completo de la Universidad en el mundo, en los últimos años, ni mucho menos hacer un estudio histórico de lo que ella ha sido en Chile en el siglo pasado.
Bástenos con recordar que el concepto de Universidad no puede ser ni ha sido el mismo en los diferentes países y que la Universidad socialista obedece, sin duda, a concepciones distintas de la occidental. Aquella dominada rigurosamente por la planificación para el Estado, aparece como un órgano subordinado, no sólo en su estructura sino que en su acción, a las necesidades de aquél. En las Universidades de las democracias occidentales, en cambio, se da la dicotomía de entes educacionales estatales y particulares, o solamente estatales o sólo particulares, según el sistema político, social y educacional que en cada Estado impere. No perseguimos señalar aquí una crítica a uno u otro sistema. Para los efectos de nuestro trabajo sólo indicamos objetivamente el hecho.
El caso de Chile es precisamente el de la dualidad de Universidades estatales y particulares. Materializando el precepto de la Constitución del 25 que consagra la libertad de enseñanza se crearon, podríamos decir después de la segunda década del presente siglo, las Universidades particulares que fueron, todas ellas, declaradas cooperadoras de la función educacional del Estado, o sea, de aquella a la cual éste debe atención preferente que ha de concretarse en la creación y acción de los respectivos cuerpos estatales.
Es natural que si analizamos la gestión de estas Universidades públicas y particulares, con el criterio de hoy, y las visualizamos con el sentido que a la Universidad de hoy se asigna, la crítica que muy a menudo se ha hecho, resulta fácil, pero a la vez que fácil, injusta.
Porque, en efecto, no puede desconocerse lo que la Universidad ha sido y ha entregado a nuestro país en función del desarrollo y del progreso de la cultura y de la formación de grupos de élite que un papel esencial han jugado en la vida de la colectividad chilena.
Por lo demás el grito de Córdoba de 1918 vehemente defendido y enarbolado como bandera de lucha por las juventudes universitarias del año 20, significó en la acción de esas juventudes un sentido claro y definido de reforma que dio indudablemente sus frutos.
La Universidad estatal laica, la autonomía universitaria, la libertad académica y el concepto de Estado docente entregado en el nivel superior a la Universidad de Chile son sólo algunas de las brillantes conquistas que debemos a la acción de esos jóvenes llenos de pasión y de inquietudes ideológicas.
Es por eso que los nombres de Carlos Vicuña, Daniel Schweitzer, Juvenal Hernández, Juan Gómez Millas y muchos otros, no podrán olvidarse cuando se recuerde lo que fue el movimiento de reforma de la Universidad cuya crisis hoy día se ha planteado.
Por lo demás, teniendo siempre presente la objetividad en el análisis, no debemos perder de vista que examinando el problema educacional con criterio tradicional, la Universidad no es sino uno de los pilares del trípode de enseñanza primaria, media y superior que imperó en aquellos años y que se tradujo en una enseñanza primaria informativa y elemental, en una enseñanza media habilitante para determinados niveles ocupacionales y para ingresar a la Universidad y en una enseñanza superior destinada a formar profesionales.
¿Pudo imputarse a la Universidad el incumplimiento del esquema cuando para ello requería de que aquella frase constitucional de que la educación es atención preferente del Estado dejase de ser -en muchos aspectos- una mera expresión intrascendente?
La verdad parece haber sido una muy otra y diferente. La falta de Programas y reformas educacionales integrados y la insuficiencia económica de un país en subdesarrollo, hizo efímera por muchos años -y aún hoy no se supera del todo- aquella declaración de que la instrucción primaria es obligatoria. Además, la enseñanza media fue muy poco accesible al pueblo y la Universidad se transformó, simplemente, en órgano para privilegiados, pero no puede desconocerse que logró en integridad el propósito de formar buenos profesionales en el sentido tradicional de la expresión.
Recordemos tan sólo que entre el año 20 y la época presente han surgido en nuestro país seis Universidades particulares y que una nueva Universidad estatal, la Técnica del Estado, acompaña en este campo a la Universidad de Chile, y que esta última creó en la década del 40, servicios de extensión con el propósito de proyectarse hacia el pueblo, para concluir que no puede formularse a la Universidad de Chile y a las Universidades en general, sin incurrir en una crítica injusta, el cargo de inoperancia y pasividad.
El distinguido ex Rector de la Universidad de Concepción, don Ignacio González Ginouvés en su obra de muy reciente publicación Un ensayo de reforma universitaria, se refiere a la Universidad de Chile con las siguientes encendidas palabras, analizando la crisis de la Universidad chilena: “Vinculada a las clases dirigentes y situada en la capital, la Universidad estatal miró sin interés las inquietudes regionales. Segura de sus medios de subsistencia y protegida por su autonomía, se sintió por sobre toda crítica. Regida por un Estatuto, con frecuencia minucioso en sus detalles, no dispuso, paradójicamente, de libertad. Como careció del estímulo de una competencia, tampoco sintió la necesidad de renovarse. Su volumen, su organización, su antigüedad y su tradición contribuyeron a hacer de ella una institución eminentemente conservadora”.
¿Es acertada esta crítica? Yo diría: Sólo en parte. Naturalmente que esa Universidad así juzgada lo sería desde el punto de vista actual, pero sin que ello signifique desconocer toda una época que cumplió y en la cual su cometido, hoy en día estimado obsoleto, fue realizado a satisfacción. En otras palabras, quiere decir sencillamente que esa Universidad no se adaptó al cambio, que simplemente contempló ensimismada, sin considerar el nuevo papel que necesariamente habría de corresponderle.
Por otra parte, la crítica que a ella se le formula es general. A este respecto, no deja de ser paradójico que el movimiento universitario estudiantil, y aún de docentes, hoy día en marcha, no comenzó precisamente en el Instituto estatal sino que en las Universidades particulares y se fue extendiendo gradualmente hasta culminar en el máximo plantel educacional del Estado, sin que esté distante el estimar que se conjugaron en él factores extrauniversitarios y políticos.
4. LA CRISIS DE LA UNIVERSIDAD DE HOY
El hecho es que estamos ahora enfrentados a lo que se ha denominado la crisis de la Universidad de hoy.
Interesa por lo tanto precisar términos y empezar por dilucidar cuándo se detecta una crisis en un Estado, en una sociedad o en un sistema y aclarado esto, examinar si ella existe en la Universidad y, siendo así, cuáles son sus causas.
Precisamente el mes pasado, en el notable discurso de recepción de mi distinguido amigo el Profesor Eduardo Novoa, hoy flamante académico, mencionando el estado actual de nuestro Derecho, formulaba él una crítica al hombre de Derecho chileno por no haber podido adecuarse al cambio y no haber sido capaz de buscar los medios de modernización de la norma jurídica en consonancia con las necesidades de nuestra sociedad, crítica ésta que yo recojo y acepto sólo en parte, para levantarla al recordar que tanto la Facultad de Ciencias jurídicas y Sociales de la Universidad de Concepción, primero, como nuestra Facultad de la Universidad de Chile después, en 1965 y 1966 respectivamente, se preocuparon en sendas jornadas de la crisis del sistema legal chileno. En ambas nos correspondió participar juntamente con el profesor Sr. Novoa e insistimos en la existencia de una marcada crisis de legalidad y de nuestro sistema institucional.
Por nuestra parte, sostuvimos y lo reiteramos ahora, que la crisis se presenta en un Estado, sociedad o colectividad, cuando el sistema Institucional establecido o el marco legal porque se regula, se transforma en una muralla enervante del cambio social. Resulta así que la ley llega a ser meramente formal, no obedece a la conciencia de la colectividad o a lo querido por ella y, en último término, deviene en muro soportante de un régimen caduco, incapaz de concebir y permitir el cambio, enervante del desarrollo social-económico y educacional necesario para que un Estado salga de su postración.
En tal caso, el Estado, sus instituciones y su sistema legal han entrado en crisis y el grado mayor o menor de violencia con que se produzca la eclosión de esa crisis dependerá de la comprensión y la ductilidad que los gobernantes, autoridades y el cuerpo social todo, demuestren para adecuarse y aceptar el nuevo régimen que la sociedad se desee imponer. El encastillamiento en el sistema arcaico por parte de quienes pretenden oponerse al cambio, provocará, ineluctablemente, la violencia. Si trasladamos este planteamiento a la Universidad, tendremos que concluir, necesariamente, que en ella se ha producido una crisis.
En efecto, desde hacía ya largos años se venía haciendo sentir en el campo universitario chileno la necesidad de cambios. Ya muy pocos sostenían que la Universidad debía ser sólo el Organismo llamado a producir profesionales. Eran muchas sus deficiencias derivadas de su incapacidad de absorción de la masa estudiantil egresada de la enseñanza media, muchas eran las duplicaciones innecesarias y el desorden y desconcierto derivado de la falta de una adecuada planificación de sus actividades.
Si debiéramos indicar ahora las causas principales de esta crisis que afecta a nuestra Universidad actual señalaríamos en orden de prioridad las siguientes:
a) Crisis en las estructuras del poder universitario. Los órganos dirigentes de las Universidades se transformaron en entes autócratas, prácticamente alejados de toda comunicación fundamental con la comunidad universitaria integrada por docentes, investigadores, científicos, administrativos y alumnos. Esa falta de comunicación y por lo tanto de crítica que debe caracterizar a una comunidad dinámica, los hizo perder la necesaria visión para adelantarse a los acontecimientos y detectar, con capacidad imaginativa qué cambios resultaban apremiantes y urgentes y se debería imponerlos. Dos ejemplos nos demuestran la verdad de este aserto. Aproximadamente 10 años se estudió un nuevo estatuto para la Universidad de Chile por su Consejo Superior en reemplazo de nuestro arcaico Estatuto del año 31 que hasta hoy rige, si bien formalmente, ya que los acontecimientos lo han avasallado. Estos esfuerzos aún no fructifican. Sin embargo, yo diría que sin meditarlo profundamente, dicho organismo analizó en algunas horas un proyecto de ley de tanta importancia como el que actualmente conoce el Senado de la República, sin reparar la trascendencia que él tiene para el futuro de las Universidades y sin observar que sus disposiciones podrían entrañar grave riesgo para el futuro de la enseñanza superior estatal.
La falta de democratización en las estructuras del poder universitario les impidió captar que carecían de la representatividad de la comunidad universitaria para ser verdaderos exponentes de su pensamiento.
b) Crisis de autoridad. Como una consecuencia inevitable se produjo crisis de autoridad, en el sentido de falta de jerarquía para alzaprimar sus puntos de vista ante una masa universitaria que había perdido la fe en la acción y en el poder de esas autoridades.
Una serie sucesiva de hechos dolorosos y transacciones reiteradas, huelgas sin sanción, paros ilegales, actitudes componedoras, vinieron a ser la consagración fáctica de este aspecto de la crisis.
Recordamos aquí las palabras de un eminente sociólogo: “El prestigio de la autoridad sólo tendrá valor sustantivo cuando se edifique sobre la autoridad del prestigio”.
c) Falta de adecuada ayuda económica. Reclamada ésta insistentemente al Estado por las Universidades se estrelló con la convicción por parte de este último de que era necesario evitar la burocratización y duplicación en el gasto.
d) Ausencia de planificación de la actividad universitaria. Quién sabe si sea aquí en donde nos encontremos con una demostración más clara y evidente de la crisis en la Universidad.
Hoy día no se puede concebir una actividad tan polifacética como es la de la Universidad, sin la debida planificación. Sin embargo, y salvo uno que otro intento fallido, podemos afirmar que hasta hoy ella no se ha producido.
El empleo irracional de recursos por las Universidades y el destino legal, a menudo sin señalar un fin específico de fondos a las Universidades particulares, que hoy día en un 95% de sus ingresos se financian con dineros públicos, las faltas de estudios adecuados sobre mortalidad académica y sobre necesidades profesionales del país, que han hecho surgir duplicaciones intolerables. En Chile existen 5 Escuelas de Derecho y a menudo los jóvenes abogados deben golpear las puertas de la Administración en demanda de un modesto empleo subalterno, para el cual no se requiere título, pero que les permitirá vivir después de largos años de cruentos sacrificios y de gastos para el Estado; las Escuelas de Sociología serían capaces de entregar un número de sociólogos suficiente para cubrir las necesidades de todo el continente; existen varias Escuelas de Periodismo en circunstancias que nuestro mercado en esa profesión está abarrotado; a la inversa se cierran las puertas de las Escuelas de Medicina para admitir más postulantes cuando la demanda de tales profesionales, especialmente en provincia, es notoria. Todas éstas son demostraciones fehacientes de falta de planificación.
Por otra parte, es un hecho real la ausencia de carreras cortas y de nivel medio o de técnicas y grados vocacionales, como asimismo, hay carencia de científicos. Si a esto se agrega el que como extraña paradoja se ha producido lo que se ha dado en llamar la fuga de talentos, resulta que la falta de una planificación adecuada en el nivel de la enseñanza superior ha generado un proceso de distorsión de efectos lamentables que ha acarreado, por una parte, inadecuación de las Universidades a las necesidades reales del país y, por otra, derroche de los dineros públicos que el Estado aporta a la atención de esa preocupación preferente y que, bien empleados, pudieron haber permitido un fruto mucho más eficaz. Por lo demás, todo este proceso no viene a ser otra cosa que consecuencia directa de ausencia de planificación integral de nuestra economía.
Todo esto analizado en conjunto, lleva indudablemente a una conclusión irrebatible: la Universidad chilena ha demostrado falta de comprensión para adecuarse al cambio social y para captar el verdadero rol de progreso dinámico que debía jugar como herramienta vital del desarrollo.
Su falta de percepción imaginativa precipitó la crisis a que hoy está abocada en sus distintos estratos.
5. EXPLOSIÓN DE LAS CRISIS
Pero no nos ceguemos. A mi juicio es necesario tener en cuenta que el proceso en análisis es común a la Universidad chilena. No se trata de tal o cual Instituto.
El problema afecta por igual a todas. Y a este respecto, cabe destacar que en tal crisis hay por lo menos dos factores que surgen como relevantes.
Son ellos:
1) A diferencia del movimiento universitario de la década del 20, aquí los planteamientos de reforma no sólo se generan al nivel estudiantil sino que, muy preponderantemente, en los diversos estratos de docentes e investigadores que integran el pueblo universitario. Demostración es ésta de que el proceso ha sido muy profundo y de que la iniciativa de cambio obedecía a una necesidad impostergable. En el plano estudiantil, enseguida, la lucha tenía también una raigambre muy honda. El alumnado ya no podía sentirse satisfecho con las reformas a determinados programas más o menos profundas, en función de lograr del educando un aprovechamiento mejor de las condiciones universitarias y una mayor preparación profesional. Tal esquema quedó atrás. Y posiblemente aquí esté la explicación de por qué los alumnos han terminado oponiéndose a algunas reformas localistas que no han logrado producir impacto en la mente colectiva del estudiantado.
El alumnado va hoy día más allá; ya no se satisface con ser un buen estudiante y con obtener luego un título profesional. Quiere saber claramente cuál es su destino en la comunidad en que habrá de actuar; quiere saber a dónde va; desea saber cuál es el destino de esa sociedad y desea que la Universidad le indique nítidamente una meta. Pero más claro aún: con convicción definida y profunda de sus fuerzas y de sus méritos ya no se satisface con ser la masa que ha de plasmarse con las manos expertas de docentes, investigadores y científicos. Ahora quiere compartir con ellos la responsabilidad de buscar el destino del órgano universitario y, de esa manera, contribuir con su acción a aclarar esa pregunta fascinante: ¿a dónde vamos?
2) El segundo factor a que nos referíamos es el de la sincronización casi matemática de las distintas manifestaciones externas de la actuación del estudiantado en la crisis, primero en las Universidades Católicas de Valparaíso y Santiago, después en las otras Universidades particulares y Técnicas del Estado, para culminar, como decíamos en la Universidad de Chile, lo que hace pensar en cierto intento de capitalización ideológica basado en la comprensión de la importancia que las universidades tienen como vehículo de promoción de las juventudes en una sociedad.
El envío al Congreso Nacional de un proyecto de ley sobre estructura de la Enseñanza Superior que he tildado en la Comisión de Educación del Senado de un serio intento de monopolización ideológica, podría ser la culminación de este empeño.
Quedan como telón de fondo de esta crisis que a mi juicio se ha justificado por las razones ya dadas, dos elementos que debieran desterrarse de los enfoques universitarios: la politización y la violencia. Decimos la politización porque no sólo en el alumnado sino que en los estratos docentes se ha tomado partido en el problema universitario con sentido de política militante más que de interés propiamente universitario. Y la violencia, porque la toma de escuelas, la destrucción del patrimonio universitario y otros actos de fuerza han sido concreción dolorosa de ciertas modalidades de lucha que debieran estar siempre exorbitadas en el campo de las ideas y demuestran falta de madurez en materia de política educacional.
Pero antes de referirnos a los que debieran ser los fines, tácticas y medios de acción de la Universidad reformada, hagamos una breve pero necesaria digresión sobre la Universidad y las normas constitucionales.
6. LA UNIVERSIDAD Y LAS NORMAS CONSTITUCIONALES
Ella nos parece esencial, porque toda reforma debe partir de ciertos principios básicos que han de servir de fundamento a lo que se quiere hacer y debe hacerse.
Haré por cierto un análisis que pretende ser preciso y somero.
En nuestra Constitución encontramos un precepto -el del art. 10 N° 7- del cual deducimos tres principios básicos y que tienen atinencia a la materia que nos interesa.
En Chile se consagra la libertad de enseñanza. Ello quiere decir, simplemente, que la Educación no es ni puede ser monopolio del Estado. Cualquiera es libre para dedicarse a la función de enseñar, cumpliendo por cierto los requisitos a que, en todo ordenamiento jurídico, ha de someterse el ejercicio de esta libertad.
En nuestro país la educación -en sus distintos niveles- también es atención preferente del Estado. Esto significa que el Estado tiene el deber de arbitrar los medios y crear los organismos que tengan por función cumplir con ese deber de atender preferentemente a la Educación. De aquí surge una deducción clara. ¿Por intermedio de qué organismo ha de cumplir el Estado esta atención preferente? A mi juicio la conclusión es una y precisa: por medio de los cuerpos educacionales que el mismo Estado se ha dado para satisfacer su deber educacional.
En otras palabras, en el régimen del derecho público chileno no se prohíbe -en el plano de la enseñanza superior- la existencia de las Universidades particulares, puesto que la enseñanza es libre, pero esa eventual existencia no excusa al Estado de cumplir con lo que el Estatuto Fundamental le ha indicado que debe ser como de su atención preferente, y tiene por lo tanto el deber de crear Universidades estatales y dotarlas de recursos suficientes para que puedan cumplir su misión fundamental de preocuparse preferentemente de la Educación Superior. Esto nos parece irrebatible.
En tercer lugar, aún cuando el Estado permite que haya Universidades particulares, consagra la Superintendencia de la Educación Pública a cuyo cargo estará la inspección de la enseñanza nacional. ¿Qué quiere decir esto? Simplemente que si bien no institucionaliza un Estado docente monopolista, concibe en cambio un Estado docente supervigilante de toda la educación. No sólo obviamente de aquella que se imparte por medio de cuerpos estatales, sino que, muy preponderantemente, de aquella que se da por los institutos particulares.
Este, y no otro, es el sentido que ha de darse a los términos empleados por el constituyente. Las expresiones educación pública, no impartida sólo por servicios públicos, sino que pública en el sentido de encaminarse a satisfacer una necesidad vital de la colectividad entera, y enseñanza nacional, con el alcance de extenderse a todos los que viven en la Nación chilena, no admiten otra interpretación plausible.
Ahora bien, este concepto de Estado Docente supervigilante, no absoluto, se ha mantenido hasta ahora, salvo expresas excepciones, en el plano de la Educación Superior, en la Universidad de Chile. ¿Por qué? Sin duda porque se ha hecho fe en la seriedad, en la objetividad y jerarquía del Organismo estatal a cargo de la Enseñanza Superior y debe suponerse por cierto que, en su respectiva órbita de acción debe tenerlo también la Universidad Técnica del Estado.
Ello significa que ambas tienen el carácter de Universidades nacionales, tanto porque pueden extender su cometido a todo el territorio de la República dentro del marco de su autonomía y de las posibilidades que sus recursos le permiten; cuanto porque por intermedio de ellas el Estado cumplirá no sólo la atención preferente que ha de dar a la Educación sino que su cometido de supervigilar a las Universidades particulares.
¿Y cuál ha de ser, frente a esto, el sentido de la existencia y acción de las llamadas Universidades particulares? Uno muy concreto y preciso.
Las Universidades particulares pueden crearse, puesto que la Constitución consagra la libertad de enseñanza. Cualquiera es libre como hemos dicho, para enseñar en nuestro país. Pero como quiera que esta actividad no puede ser indiferente al Estado de Chile, primero porque debe atención preferente a la Educación y segundo por razones de seguridad jurídica y filosófica, la iniciativa de creación debe ser aprobada por el Presidente de la República.
Resuelta favorablemente esta creación, pueden las Universidades ser declaradas cooperadoras de la función educacional del Estado, lo que entraña para ellas derechos y privilegios principalmente económicos traducidos en importante ayuda estatal, pero tal declaración genera, como contrapartida, tutela, supervigilancia y fiscalización.
Al Estado le interesa esencialmente, tanto la profundidad y seriedad con que imparten la enseñanza, como la forma cómo se invierten los importantes recursos que destine a la educación superior. Por eso, es menester que su ayuda sea planificada y no anarquizada, y es necesario también que se precisen claramente los procedimientos y planes de inversión y los sistemas de fiscalización que permitirán demostrar su buen empleo.
Todo esto significa mantener un concepto de Estado Docente que parece fundamental dentro de nuestro sistema educacional.
Ello no impide, por cierto, respetar principios que son sagrados, entre ellos, la autonomía y la libertad académica.
Con razón ha dicho el eminente Bertrand Russell: “En cuanto se impone una censura en las opiniones que los profesores pueden expresar, la educación deja de realizar sus fines y tiende a producir, en lugar de una Nación de hombres, un rebaño de fanáticos”.
No podemos pues desconocer el importante papel que las Universidades particulares juegan en el concierto universitario del país y justamente por ello es que consideramos que la ayuda estatal resulta no sólo necesaria, sino que insustituible e indispensable, pero precisamente por eso, es que creemos también necesario e inseparable del problema la existencia del Estado Docente.
7. LA REFORMA Y LA UNIVERSIDAD DEL MAÑANA
Y frente a todo este panorama así expuesto, avizoramos ya, después de la reforma, a la Universidad del mañana.
¿Que la lucha por la reforma ha producido todo un proceso de caos y anarquía? Es posible. La verdad es que resulta difícil que no sea así y que haya de ajustarse una reforma tan profunda y que ha corroído hasta en sus cimientos las viejas estructuras.
Aquí es en donde los universitarios de verdad debemos demostrar nuestro amor por la Universidad, exhibiendo la serenidad y la tranquilidad necesarias para comprender el fenómeno producido, aprehender el cambio y, abandonando resquemores y discrepancias, contribuir al éxito del nuevo proceso universitario con todo nuestro esfuerzo y entusiasmo.
Cabe entonces preguntarse: ¿Qué saldrá de esta reforma y cómo concebimos la nueva Universidad?
A nuestro juicio ésta debe ser el enlace concatenado de una serie de elementos y factores fundamentales en que se entremezclan armoniosamente la tradición y el sentido eficaz, racional y sereno de cambio.
Habrá que dejar de mano todo lo caduco, ineficaz y enervante, y habrá que imponer todo aquello que haga de la Universidad una palanca poderosa de cultura, de eficiencia y de progreso social, pero ello, dentro del necesario respeto a ciertos valores inalienables del espíritu universitario que constituyen una tradición de libertad, de autonomía y de cultura.
Concebimos entonces a la Universidad reformada como un conjunto de Institutos integrados que permitan el cumplimiento dinámico de los altos fines que corresponden a la enseñanza superior como factor de avance de un pueblo.
En el plano estructural, pensamos que debe lograrse una comunión de cuerpos de poder perfectamente democratizados, a cuya designación concurran y a cuya integración tengan acceso todos los componentes de la familia universitaria en una ecuación de perfecta y proporcionada armonía. Una Universidad de estructura integrada debe significar la abolición de los feudos, de los compartimientos estancos, de la existencia de una serie desarticulada de segmentos en donde la falta del diálogo permanente y de la intercomunicación recíproca ha producido sólo anarquía, caciquismo y ausencia de línea unívoca para abordar los altos problemas de la enseñanza superior.
Una Universidad integrada debe permitir que conjuguen eficazmente organismos pluripersonales y deliberantes para la determinación de las grandes líneas de la política universitaria en todos sus aspectos, con órganos ejecutivos ágiles, dinámicos y dotados de amplias atribuciones de resolución, de manera que la acción de unos y otros sea armónica, y ni se entorpezca la acción ejecutiva por largas y farragosas discusiones de organismos deliberantes que no tienen por qué extender su cometido a materias del orden administrativo que no les atañen, ni alteren los ejecutivos en su gestión el sentido y contenido de las grandes líneas de política universitaria fijada por aquellos.
En los planos académico y administrativo deben asegurarse rigurosamente los principios de libertad y autonomía, de manera tal que ningún otro factor que no sea el más acendrado respeto a la independencia universitaria sea la determinante en la acción de los institutos superiores, guiados así solamente por el supremo afán de cumplir los fines de la Universidad.
Es por eso que debe plasmarse en las Universidades, en su carácter de las más elevadas instituciones de cultura, la libre coexistencia de todas las ideologías dentro del recíproco respeto y objetividad intelectual en que han de encontrarse las distintas corrientes del pensamiento.
Ello implica, por cierto, que una Universidad no pueda ser sectaria, fanática ni obscurantista y que los profesores sean libres en la expresión de sus doctrinas, y los alumnos libres también en la elección de aquellos maestros cuyo pensamiento prefieran.
En el plano académico, todavía, debe materializarse la necesaria carrera que asegure equiparidad a niveles iguales y que garantice que el profesor, el científico y el investigador, en sus distintos estamentos, sean elegidos sólo por sus conocimientos.
Son enemigos de la libertad académica quienes creen que el profesor no debe expresar una opinión contraria a la de aquellos que detentan el poder.
La crítica objetiva debe ser un factor con vivencia permanente en la Universidad.
En cuanto al acceso a la educación superior, la Universidad reformada debe asegurar los medios que le permitan acoger en sus establecimientos a todos los que sin más valimiento que su talento e idoneidad reclamen su ingreso a ella, sin que ningún factor económico, ideológico, racial o religioso pueda ser obstáculo para dar fuerza permanente a este imperativo superior.
Todas las medidas que se encaminen al cumplimiento de esta meta deben ser tomadas por sobre cualesquiera otras. Sólo así será posible sostener que la Universidad no es patrimonio de privilegiados que fincan sus posibilidades preferentes en jerarquías ideológicas, políticas o de fortuna. El único requisito que ha de exigirse, repetimos, ha de ser el acreditivo de capacidad, esfuerzo y espíritu de trabajo y estudio, vale decir, talento y acción.
En lo administrativo, todavía, concebimos una Universidad con la agilidad necesaria para que ninguna burocracia enervante pueda retardar el proceso de cambio, que ha de requerir de un conjunto de agentes que comprendan que la Administración es medio y no fin, y que tengan una conciencia suficiente de que el alto nivel en que la función educacional superior ha de desenvolverse, exige un servicio dinámico que no provoque entorpecimientos en el sistema. Una labor permanentemente de organización y métodos administrativos, ha de ser siempre esencial para lograr este cometido.
Muy vinculada con esto ha de estar la autonomía económica de la Universidad. Una función tan importante para la vida de una sociedad requiere de la preocupación permanente del Estado para otorgarle una adecuada, planificada y eficaz ayuda económica. Ninguna finalidad útil podrá lograrse en este campo si los Poderes respectivos no comprenden que la formación de la juventud en la Universidad ha menester de sacrificio de otras posibilidades de acción y de prioridades que son indispensables. De allí la trascendencia de una planificación objetiva, decidida y concreta de los recursos que el Estado puede y debe destinar a la enseñanza superior que, dentro de un concepto preciso de autonomía económica, deben ser invertidos por los Institutos universitarios sin otro límite que el fin de la ley que los ha creado y justifica su existencia.
En una palabra: la Universidad del mañana debe ser capaz de producir la transferencia del saber y la cultura a la sociedad. Enseñar, investigar, difundir el conocimiento, impartir cultura y proyectarse al pueblo en forma decidida, eficaz y profunda deben ser los fines de una Universidad que comprende su papel y está consciente del rol que le corresponde cumplir en la época actual.
De esta manera ha de transformarse en órgano competente de colaboración al cambio social, aportando su cooperación de constructiva crítica no sólo al Gobierno del país y a la acción que éste proyecta, sino que transformándose en portavoz insobornable de la sociedad entera.
Tal creo, en fin, que ha de ser el destino específico e intelectual de la Universidad del mañana, y para lograrlo debe asumir su misión sin claudicaciones, vacilaciones ni renunciamientos.
Con esto termino mis observaciones. Es posible que muchos crean que la misión de la Universidad debe ser aún más revolucionaria, y por ello no estén satisfechos con el bosquejo que he presentado. Otros, en cambio, podrán pensar tal vez que he ido demasiado lejos y que más valdría una meditación tranquila de lo que ha de hacerse, puesto que se trata de un problema de tan honda trascendencia para la colectividad.
A los primeros les digo que la implantación de cambios decisivos para solucionar la crisis no impide, sino que enlaza con la adopción pacífica pero decidida de resoluciones eficaces; y a los segundos que la actividad contemplativa y el meditar sin urgencia no se avienen con la necesidad de cambio social, y que parece más sabio abordar ese cambio con dinámica firmeza si no queremos después lamentar que sea impuesto con violencia y con injustificada irreflexión.