Reseña del Premio Nacional de Historia Iván Jaksic al libro “De la democracia en Hispanoamérica”

En la revista Estudios Públicos, el historiador y numerario de la Academia Chilena de la Lengua analiza la nueva obra del director de la Real Academia Española, Santiago Muñoz Machado.

En un recorrido que sobrepasa las mil páginas, Santiago Muñoz Machado traza la evolución de la democracia en Hispanoamérica desde las guerras de independencia a principios del siglo XIX hasta el primer cuarto del siglo XXI. Le asiste el haber visitado cada uno de los países del continente, tanto por ‘curiosidad  intelectual’ como por obligaciones institucionales, en tanto director de la Real Academia Española y presidente de la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE). Como abogado y catedrático de derecho administrativo, Muñoz Machado se interesa por el ordenamiento jurídico de las naciones y en particular por sus documentos constitucionales.

En líneas gruesas, este enorme recorrido —a lo largo de más de dos siglos de historia— puede sintetizarse como el tránsito desde un experimento constitucional de raíces europeas hasta un neoconstitucionalismo anclado en la  expansión de los derechos indígenas, animales y ambientales, cuyos más evidentes ejemplos se encuentran en las constituciones de Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua,  junto a múltiples intentos, algunos de ellos rechazados, como el de Chile, que en su conjunto plantean preguntas sobre la sostenibilidad de las nuevas constituciones en el tiempo.  Muñoz Machado no vacila en concluir que este ‘neo’ o ‘nuevo’ constitucionalismo atenta contra los principios básicos de la democracia liberal y favorece la instalación de gobiernos autocráticos.

En el aspecto histórico, el autor resalta la influencia de las constituciones de Estados Unidos (1787) y de Cádiz (1812) las que, citando a Servando Teresa de Mier respecto de la constitución mexicana de 1824, serían un ‘monstruoso injerto’ de ambas. Simón Bolívar fue igualmente perentorio en rechazar la de Estados Unidos luego del fracaso del federalismo en Venezuela. Mayor aceptación tuvo el liberalismo inglés y su constitución no escrita, gracias a  los  peninsulares  y  americanos  que  se  familiarizaron  con  estas  ideas  durante  su  compartido  exilio en Londres. También consideraron como viable la Constitución francesa de 1791, que establecía una monarquía constitucional, a la que eran afectos numerosos criollos y también el influyente español José María Blanco White. Como la monarquía no prosperó en Hispanoamérica (con excepción del breve período de Agustín de Iturbide en México y el fallido intento de José de San Martín en Perú), la principal opción era la de crear repúblicas con bases constitucionales que podían ser federalistas o centralistas, o bien, una combinación de ambas. Sin embargo, el principal problema era organizar “el gobierno de territorios sin Estado”, puesto que para que este exista “tiene que estar definido a quién corresponde la soberanía, el territorio ha de estar demarcado y la población concretada” (18). Esto no ocurriría hasta muy avanzado el siglo XIX.

Si bien la mayoría de los países hispanoamericanos adoptaron constituciones escritas, no pudieron estas imponerse debido a las adversas realidades económicas, políticas y sociales. La igualdad ante la ley, la soberanía y la representatividad proclamadas por estos documentos convivían con la esclavitud, la ausencia de derechos y la baja participación política. Pero el factor más importante, muy en línea con una tradición historiográfica, era el ‘caudillismo’, es decir, figuras autoritarias de varias cepas que impusieron la fuerza sobre la ley. No es coincidencia que entre los nombres más citados en el texto aparezcan Gaspar Rodríguez de Francia, Antonio López de Santa Anna, José Antonio Páez, Juan Manuel de Rosas, Rafael Carrera y Porfirio Díaz. El autor reconoce la existencia  de “intervalos democráticos apreciables”, pero “no se puede estudiar la aplicación del constitucionalismo liberal en Hispanoamérica sin considerar por extenso, como merece, el fenómeno del caudillismo” (233). Varios de estos personajes eran militares, pero también se incluían hacendados y terratenientes. Lo que tenían en común era el ejercicio del poder sin cortapisas constitucionales. 

La depresión económica, el fracaso de la ley y el orden, la militarización de la sociedad, contribuyó a la existencia del caudillo, un jefe carismático que promovía sus intereses con la combinación de habilidades militares y políticas y que lograba acumular una red de clientes, concediendo favores y patronato. (240)

En regiones ganaderas, como Argentina, “se  ruralizó intensamente la política” (269). En otros lugares, como Perú,  la prosperidad guanera financió algunas políticas liberales, pero ejerciendo un poder dictatorial.

Dadas estas condiciones, y a pesar de una creciente consolidación del Estado y de algunas “intermitencias democráticas” (399), el siglo XX se inauguró con múltiples dictaduras apoyadas por el creciente poder de Estados  Unidos en el hemisferio. Para Muñoz Machado, “ninguna duda puede caber de que el imperativo sometimiento a tutela de algunos gobiernos por los estadounidenses ha sido una de las características más notables de la historia política de Hispanoamérica durante los siglos XIX y XX” (489). Tampoco quedan dudas respecto de la irrupción  del populismo, tanto de izquierdas como de derechas, en la segunda mitad del siglo XX, que también conspiran contra la consolidación de la democracia. Así también el militarismo, que solo cede en la década de los ochenta, y el marxismo, que adquiere diversas formas, pero que se suma al ataque contra la democracia liberal. 

Las fatigas de la democracia liberal, con las crisis y manifestaciones de ruina de la separación de poderes, vulneraciones de los derechos individuales, eliminación de garantías judiciales, corrupción, control partidista de las instituciones, sumadas a una crisis económica crónica, pobreza enquistada y violencia guerrillera permanente, llevó al encumbramiento de gobiernos populistas. No tenían propiamente una ideología como la liberal, sino que más bien se definían por contraposición a ella. (557)

Gobiernos posteriores, como el de los Kirchner en Argentina, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, Daniel Ortega en Nicaragua y Hugo Chávez en Venezuela (la lista no se agota allí) son calificados por Muñoz  Machado como ‘neopopulistas’ cuyos líderes “acceden al poder utilizando las instituciones electorales de la democracia representativa” (597) para luego subvertirlas. El autor proporciona un catálogo del proceder posterior:

El autócrata, para afirmarse en la posición política, necesita controlar las instituciones del Estado. El primer paso es siempre el ataque a la separación de poderes, la fusión de hecho del ejecutivo y el legislativo, fácil de conseguir con un sistema electoral que favorezca a los partidos del líder o tolerados  por él. El Parlamento perderá la iniciativa legislativa, que queda en manos del gobierno, y la función de control queda subordinada a la retórica servil que la situación impone. El poder judicial es más difícil de reducir, cuando está encomendado a jueces de carrera que desempeñan su función protegidos por los principios de independencia e inamovilidad. Pero el autócrata populista se las arregla para reorganizar el sistema alterando el régimen establecido, creando plazas nuevas que ocupen sus fieles, designando a los suyos para las vacantes o, en último término, decretando la expulsión de los indóciles. (600)

Otros elementos comunes son el rechazo al capitalismo, la globalización y el neoliberalismo. Las recientes constituciones promueven la integración económica y política de gobiernos afines (ALBA, UNASUR), la reivindicación indígena y un ‘nuevo constitucionalismo’. De hecho, es a este último tema al que Muñoz Machado dedica un análisis más detallado. Destaca, en primer lugar, la cantidad extraordinaria de derechos que contemplan constituciones de más de 400 artículos, cual es el caso de la Constitución ecuatoriana de 2008, con 444 artículos; o la boliviana, de 2009, con 411 artículos. La venezolana de 1990 parece modesta con 350 artículos. A modo de comparación, se puede considerar la constitución de España (1978) con 169 artículos o la de Costa Rica

(1949), con 197. Las nuevas constituciones incluyen derechos como el acceso al agua, la alimentación, el buen vivir, la vivienda digna o la plurinacionalidad. También, el reconocimiento de la naturaleza como sujeto de derecho. Todo ello habla de una aparentemente justa demanda por la aceptación de la diversidad y el clamor por el bienestar social. 

Sin embargo, Muñoz Machado es lapidario al respecto: “ese nuevo  constitucionalismo ha traído como consecuencia más visible un reforzamiento de regímenes autocráticos” (681). Es decir, contemplan el desmantelamiento de las instituciones liberales mediante la creación de asambleas constituyentes fácilmente convocadas y hechas a la medida de los propósitos autocráticos. ¿Se trata de una nueva o evolucionada democracia? Muñoz Machado lo duda: “la respuesta no puede ser muy optimista. Las nuevas constituciones son textos plagados de ingenuidades. Se han recargado de conceptos que muestran conocimientos parciales acerca de cómo funciona la maquinaria del Estado” (740).

Más que un libro sobre la democracia, esta obra versa sobre la fragilidad de la misma. Su visión de conjunto evoca por momentos Las venas abiertas de América Latina (2004 [1971]) de Eduardo Galeano, aunque sin el tono estridente de denuncia del despojo histórico y sistemático del que ha sido víctima el sufrido continente por parte del colonialismo español y del neocolonialismo norteamericano. Se acerca más bien a Historia contemporánea de América Latina (2013 [1969]) de Tulio Halperín-Donghi, obra informada y sobria, si bien la supera con su mayor énfasis en la historia constitucional de Hispanoamérica.

El libro de Muñoz Machado no es precisamente optimista, pero señala con franqueza las limitaciones del nuevo constitucionalismo. En el lanzamiento del libro en Madrid, el 26 de marzo de 2025, Sergio Ramírez Mercado, el presentador, dijo con buen humor respecto de las horas involucradas en la lectura que “el libro se toma un tiempo para leer”, lo que es muy cierto. Sin embargo, merece la pena cuando nos hace reflexionar sobre los alcances y verdaderas dimensiones de lo que cualquier constitución puede o no puede hacer, o a lo que derechamente nos lleva.

Bibliografía

Galeano, E. 2004 [1971]. Las venas abiertas de América Latina. Buenos Aires: Siglo XXI. Halperín-Donghi, T. 2013 [1969].  Historia contemporánea de América Latina. Madrid: Alianza.

Autor

Iván Jaksić es PhD y MA en Historia por la Universidad Estatal de Nueva York, Estados Unidos. Es director del Bing Overseas Studies de la Universidad de Stanford en Chile y titular de la cátedra Andrés Bello de la Universidad Adolfo Ibáñez, Chile. Estudioso de la obra de Andrés Bello, recibió el Premio Nacional de Historia en 2020. ORCID:  https://orcid.org/0009-0004-8513-9075. Dirección: Stanford University, Santiago Program, Condell 189, Providencia, Santiago, CP 7500753, Chile. Email: ijaksic@stanford.edu. EP