El académico de número crítica la superficialidad del debate político en su columna de El Mercurio.
De noche los siento moverse por la habitación con una cautela apenas audible. Vienen (siempre dejo una ventana entornada: una vieja costumbre) seguramente por comida o por agua y, de pronto, abandonan su sigilo e irrumpen en un bochinche escandaloso. No sé cuántos son. Cuando prendo la luz para sorprenderlos, se escapan velozmente y apenas alcanzo a ver el fragmento fugaz de un lomo peludo huyendo.
En la mañana, a la hora del desayuno, en la terraza, aparecen muy ariscos algunos gatos. No se acercan a las mesas sino cuando los residentes se han retirado. No tienen dueño e incluso les asusta la sola mirada de un ser humano. Viven circulando por los tejados calientes, polvorientos y brillantes de las casas que rodean mi alojamiento. Sobreviven de migajas. Presumo que son ellos mis visitantes nocturnos y les dejo al costado de mi ventana un pocillo con agua y otro con algo de alimento. Espero inútilmente, sin duda, aguacharlos. Los comparo entonces con mis gatos, la regalada vida que llevan allá en el campo —los echo mucho de menos—, con una casa que los acoge y una naturaleza amplia y abundante en la cual jugar y cazar.