En su columna de El Mercurio, el académico de número reflexiona sobre la dificultad de juzgar y premiar obras literarias.
A lo largo de mi carrera como crítico literario me ha tocado, en más de una ocasión, sentarme junto a otros a la mesa de un jurado. Esta tarea de tener que preferir a uno sobre otros es siempre incómoda. De partida ocurre que aquello que se pretende evaluar, incluso dentro de una misma categoría, es de una naturaleza tan disímil que cuesta dar con un rasero común. Cada autor es un universo.
Se suele hablar del juicio literario como si fuera una operación de medida, casi geométrica: se pesan méritos, se comparan trayectorias, y al final del proceso emerge, con la solidez de un teorema, el nombre justo. Nada más lejano a la experiencia real. El valor literario no se deja medir con un metro fijo, igual en todas partes; cada obra parece imponer sus propios criterios de excelencia, de modo que comparar una novela con una crónica, o una trayectoria de treinta años con una obra reciente y deslumbrante, es comparar mundos que no admiten una unidad común.