En su columna de El Mercurio, el académico de número reflexiona sobre los jardines como espacios de belleza, memoria y espiritualidad.
En una fotografía aparece Claude Monet, ya anciano, avanzando lentamente por un sendero rodeado de flores y árboles. Es Giverny y es primavera. Su página oficial lo define como pintor y jardinero. En la foto logro reconocer algunas plantas, sobre todo abundantes rosas y peonías. Como todo buen jardín, las especies crecen a distintas alturas y van formando un tapiz blando y colorido que lo ampara desde los pies a la cabeza. El sendero da un pequeño giro bordeado por tomillo o artemisa plomiza que abraza y delinea los parterres. Le tomó 40 años dejarlo en el estado aproximado —un jardín nunca deja de evolucionar— en que se lo puede visitar hasta hoy. En un video, en vez de la serenidad de la foto, veo la tumultuosa romería de turistas en Giverny, especialmente en su primavera.
Sé que un jardín bien logrado tiene encantos durante todas las estaciones del año, pero el jardín de mi infancia, el jardín por el que ahora paseo, se despliega en todo su esplendor en primavera. El año parece coronarse en este momento en que todas las flores, arbustos y árboles se visten con sus mejores galas. Cuánta alegría salvadora guarda la memoria y la actualidad de este lugar, en esta época y ciertas horas ligadas a este espacio, como si él trajera y reservara concentrada toda la luz y la poca felicidad de la vida.