El académico escribe acerca del valor de “pasear” en su columna habitual del diario El Mercurio.
No recuerdo cuándo di mi último paseo, quizá usted tampoco. De hecho, aunque sería elegante atribuírmelo, es indudable que pasear no se halla entre mis hábitos. Pero queda, al menos, el consuelo de, si no pasear, leer sobre el paseo. Dos libros escogidos al azar: “El arte de ir de paseo”, de Karl Gotlob Schelle, y “El paseo”, de Robert Walser.
Schelle fue el impulsor, a mediados del siglo XVIII, de una filosofía popular que, confrontándose a la filosofía especulativa de la época, abarcó temas más cercanos al hombre y a la naturaleza. Antes que Schelle, el paseo en la tradición literaria de Petrarca, Rousseau o Descartes, era el espacio mental en que el pensador o paseante permanece alejado del comercio del mundo y de su rumor. El paseo dispone al cuerpo a un silencioso colaborar con el alma. El paso lento, las manos en los bolsillos, la cabeza erguida, crean el ambiente para el libre pensar, para el divagar y emerger de ensoñaciones.
Pero hay otro paseo que es un divagar que no tiene por propósito la meditación. En el acto de pasear, dice Schelle, la atención del espíritu no debe estar preocupada. Más bien que seria debe ser alegre. “Debería deslizarse débil sobre las cosas”. Este discurrir gustoso, ligero, relajado e incierto es el paseo que Schelle buscaba salvaguardar con su arte, pues está siempre amenazado por su misma naturaleza incierta de la frustración de su carácter gozoso y feliz.
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