En su columna de El Mercurio, el académico de número reflexiona sobre el acto de pasear como experiencia intelectual, estética y espiritual.
Los atardeceres del fin del verano son especialmente propicios para pasear. También lo son para leer acerca del paseo. Hay dos libros breves y hermosos sobre el pasear: “El arte de ir de paseo”, de Karl Gottlob Schelle, y “El paseo”, de Robert Walser. También existe otro librillo pariente llamado “Caminar”, de Henry David Thoreau, el mismo autor de “Walden”.
Schelle fue el impulsor, a mediados del siglo XVIII, de una “filosofía popular” que, confrontando a la filosofía especulativa de la época, abarcó temas más cercanos al hombre y la naturaleza. Antes que Schelle, el paseo, en la tradición literaria de autores como Petrarca (“La vida solitaria”), Rosseau (“Ensoñaciones de un paseante solitario”) o Descartes (“Carta a Guez de Balzac”), es mostrado como el espacio mental del pensador. El paseante permanece alejado del comercio del mundo y de su “rumor”, sea que se encuentre en medio del campo o en una urbe bulliciosa. Dispone el cuerpo a un silencioso colaborar con el alma, en ese instante seria y meditabunda.
El paso lento, las manos en los bolsillos, la cabeza alzada, dan el ambiente para el libre pensar, para el divagar y el surgir de ensoñaciones. El paseo es, pues, un puro pretexto, algo así como el humo del cigarro, del cual Montale se confesó incapaz de sustraerse, o de una botella de vino, ambos habituales “lugares comunes” ligados a la creación artística.