Pedro Gandolfo: “Odiseo”

El académico de número reflexiona sobre el antiguo poema épico griego “La Odisea”, en su columna de El Mercurio.

Se estrenó este jueves la esperada película de Christopher Nolan, La Odisea. La ocasión mueve a releer sobre el poema en que se basa.

La Odisea, a diferencia de la Ilíada, es la epopeya de un solo héroe, Odiseo, también llamado Ulises. En ella se cuenta el viaje de regreso que dura diez años, desde que sale de Ilión hasta que llega a Ítaca. Se podría decir, con Vincenzo Consolo, que Odiseo paga, con innumerables padecimientos, el haber introducido la artimaña en el arte de la guerra. Este origen lo vuelve, a lo largo de todo el poema, un héroe sumamente ambiguo.

Me concentraré en un solo punto. En la isla de los feacios, ya cerca del final de sus peripecias, ocurre uno de los momentos más significativos de todo el poema: Odiseo, todavía sin revelar su nombre, escucha a un aedo cantar las hazañas de la guerra de Troya, y entre ellas, las suyas propias. El héroe se oye convertido en leyenda antes de haber terminado de vivir su historia, y llora, cubriéndose el rostro, ante el relato de lo que él mismo hizo. Es un instante de lucidez inaugural para la literatura y para el arte: el hombre que todavía sufre su viaje ya es, para otros, un canto, un espejo de sí mismo. Homero anticipa así lo que dirá, siglos después, Marcel Proust: que la obra del escritor no es sino un instrumento óptico que el lector recibe para discernir lo que, sin ese libro, no hubiera podido ver en sí mismo. Solo entonces, conmovido por su propia leyenda, Odiseo revela quién es. ¿Cuál es el origen de la pena de Odiseo al verse enfrentado a sí mismo?

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