En su columna de El Mercurio, el académico de número aborda la importancia del lenguaje oral y su evolución en relación con la escritura y las nuevas tecnologías de la comunicación.
El hablar bien no debe ser descuidado. La oralidad, agigantada ahora por la radio, la televisión, el cine y aquellos modernos juguetes de la comunicación contemporánea (creo que la telefonía celular desató una verborrea global) llegará a ser clave en la formación de las personas. Las nuevas tecnologías, sin embargo, han introducido nuevas maneras de habla que plantean también desafíos más complejos de entender y abordar.
Hablar bien no significa modular bien, sino articular oralmente con claridad y precisión. El habla es la matriz de significados de las relaciones humanas y culturalmente predominó durante milenios. Hace unos 3.000 años, la cultura del mediterráneo oriental empezó a transitar hacia la escrituración. Fue un proceso que culminó con la invención del alfabeto, la tecnología más extraordinaria nunca antes ni después inventada. Sus enormes consecuencias persisten hasta hoy. Ninguno de los artefactos tecnológicos que hoy tanto fascinan podría concebirse ni remotamente sin el surgimiento del alfabeto primero y el libro manuscrito e impreso después. Jobs, y otros como él, no son más que brillantes jugueteros comparados con el genio anónimo que durante siglos hombres desconocidos, mediante ensayos y enmiendas, aplicaron para crear y perfeccionar esas magníficas herramientas. Se puede decir que la escritura sedujo y transformó la cultura de Occidente.