Pedro Gandolfo: “Humor e inteligencia”

En su columna de El Mercurio, el académico de número crítica la solemnidad excesiva, la literalidad rígida y el empobrecimiento de la lectura y del pensamiento.

En su sinnúmero de variantes, lo humorístico envuelve un desafío intelectual: un chiste, por ejemplo, se “entiende” o no se “entiende” y, aunque ese “entender” no abarque tan solo las funciones cognitivas abstractas, la ceguera absoluta hacia ciertas variantes del humor, en particular hacia la ironía, el non sense y la paradoja, entre otros, es una especie no menor de tontera. No en vano se habla del “tonto grave”.

En mi familia se practicaba constantemente la ironía, aunque no se la solía considerar solo desde el ángulo de la agresividad y afán crítico. Este es lo más patente. Pero existe una ironía más risueña y sutil. Quien solo puede captar la gracia de las bromas más visibles, en las que aquel cruce inesperado o incongruencia que desajusta es directo y fácil de interpretar y, en cambio, no logra percibir el humor presente en otros ingenios más complejos, que exigen asociaciones mentales más amplias, distantes y, a veces, múltiples, revela una estructura mental con limitaciones severas, con una conformación más bien roma, que deja escapar, por ende, dimensiones importantes de la realidad. En inglés y en alemán se habla de personas “mortalmente serias”, las cuales, como sentencia Peter Berger, si son de nacimiento, no cabe sino compadecerlas y, en cambio, si han cultivado ese temperamento, reprocharlas

Al no entender los humores intelectualmente más ingeniosos, un sujeto inseguro que teme pasar por poco avispado reacciona o bien agresivamente o bien finge que los entiende (y simula reír o sonreír), siempre asustado, además, de que se estén riendo de él en sus narices.

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