Pedro Gandolfo: “Diarios”

El académico de número reflexiona sobre el valor de los diarios personales como género literario en su columna de El Mercurio.

He acumulado algunos libros de diarios para lecturas de verano. Asomarse a las intimidades de un alma humana es un paso que a veces se atraviesa con descuido. Sin embargo, lo que aparece más lejano acaso nos intranquilice menos y, en consecuencia, podamos observarlo con detención, como si no fuera capaz de rozarnos.

Quizás por ello me reconozco un lector con predilección de diarios. No me refiero a las memorias, una elaboración a posteriori en la que podemos sospechar cierta manipulación. Escribir memorias es, en cierta medida, escribir una novela de sí mismo, lo que no está mal. El escritor de diarios, en cambio, es un ser misterioso: deja día tras día, con interrupciones variables, un registro de hechos, pensamientos, emociones, sueños.

El escritor de diarios testifica, deja caer en el papel su vida en la medida que su lucidez se lo permita. Puede equivocarse respecto de sí mismo, pero tratar de engañarse, no (otra cosa es lo que haga el editor si los diarios son publicados post mortem). Hay en ellos una vocación de veracidad estremecedora: tienen un parentesco con las confesiones. Es posible, no lo niego, que los diarios sean también ficcionados, retocados, reelaborados por su autor. Ernst Junger, el pensador alemán que nos legó el último gran diario, reconoce que muchos de ellos están escritos a partir de anotaciones mínimas que después desarrollaba al igual que los botones dejados en el agua por la noche aparecen abiertos al amanecer.

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