El académico de número aborda la crisis del relevo generacional en el mundo rural chileno, en su columna de El Mercurio.
En el pueblo donde vivo buena parte del año conozco a un vecino que poda su pequeño viñedo desde hace cuarenta temporadas. Sus manos saben cosas que no están en ningún manual y son muy difíciles de transmitir. Tiene cuatro hijos y ninguno vive ya en el campo. Cuando le pregunto por ellos, no hay reproche en su voz, apenas una discreta resignación.
Las cifras confirman lo que él vive en carne propia: hacia 1980, veinte por ciento de los trabajadores chilenos trabajaba la tierra; hoy, apenas seis por ciento. La mitad de los empleos agrícolas son temporales. Pero las cifras, como es común, describen el fenómeno sin llegar a su médula.
Porque lo que está en juego no es solamente un problema de sueldos, de estabilidad o de vacantes (lo cual es, por cierto, muy importante). Es algo más profundo: la transmisión de una forma de vida. Desde Hesíodo, el trabajo de la tierra ha sido también una pedagogía —del oficio, de la paciencia, de la finitud—, y esa pedagogía suponía que el hijo miraba al padre y quería, algún día, ser como él. Ese espejo, que nunca estuvo libre de grietas (la emigración de los jóvenes empezó hace rato), terminó de quebrarse. El hijo mira hoy al padre y ve solo el cuerpo gastado, los domingos sin descanso, la temporada incierta, y decide —legítimamente— que no quiere heredar cansancio.