El académico de número reflexión sobre el valor de la duda en la vida humana, en su columna de El Mercurio.
La relación entre duda y decisión es una callada protagonista de nuestra condición. La duda parece estorbar nuestras acciones con los obstáculos que interpone a nuestras decisiones. En un mundo ideal de creencias ciertas, un mundo en que la verdad y el conocimiento estén siempre, con claridad, al alcance de la mano, las decisiones fluirían como agua en un río corriente. Acaso por esta razón siempre causan admiración las personas de certezas y de opiniones rotundas y de seguridad enfática. Pero ¿toda duda tiene esta dimensión negativa? ¿Acaso la persona dubitativa no es también la más reflexiva? ¿No es atravesando la duda que se llega a la solución más razonable?
Estas preguntas se vienen en mente al ver “La gracia. La belleza de la duda”, la última película de Paolo Sorrentino. En ella Toni Servillo interpreta a Mariano De Santis, un presidente italiano (juez y jurista célebre) que exaspera a sus cercanos por su meticulosidad y rigidez (a sus espaldas lo llaman “hormigón armado”), un personaje, desde el principio del filme, de una interesante complejidad. Al final de su mandato (y acaso de su vida) enfrenta dilemas que lo arrojan en una larga duda situada más allá de la certidumbre jurídica: una ley sobre eutanasia y dos peticiones de indulto (gracia) moralmente complejas referentes a la relación entre el hombre y la mujer dentro del matrimonio. Al mismo tiempo se enfrenta majaderamente ante una duda personal, no política: la sospecha de que su esposa muerta le fue infiel hace 40 años.