El académico de número reflexiona sobre el sentido de caminar, en su columna de El Mercurio.
Voy por un sendero de campo. Atardece. Pienso que vivimos la era del caminar recetado. Los relojes cuentan nuestros pasos, los médicos los prescriben como quien receta un jarabe.
Caminar se ha vuelto una forma de la dietética: un medio para un fin ajeno al caminar mismo: la salud, el peso, el colesterol. Es una comprensible y necesaria preocupación de nuestro tiempo por nuestro cuerpo y estoy feliz de que las nuevas prescripciones coincidan esta vez con antiguos hábitos. Con todo, conviene no olvidar que hubo, y hay, otro modo de caminar, uno que no persigue nada fuera de sí mismo. Es lo que en el mundo urbano se llama flâner.
Robert Walser lo encarnó como pocos. Su breve libro El paseo (1917) empieza así: “Declaro que una hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora, como me vino en gana dar un paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o de los espíritus, y bajé la escalera para salir a buen paso a la calle”. Para Walser, un escritor extático y soñador (toda su obra es magnífica), el paseo no es ejercicio: es la condición misma de la escritura, la manera de superar la imposibilidad de escribir del que enfrenta la página en blanco para volver a ella con algo fresco que decir. Caminaba para escribir, y escribía, se ha dicho, como quien pasea: divagando, deteniéndose en lo cotidiano, dejando que el mundo le saliera al encuentro sin apuro. Ironía final: aquel hombre que hizo del paseo su literatura terminó sus días internado, enfermo, y murió caminando en la nieve. Quizás deslumbrado por la belleza que veía en su entorno.