La académica de número defiende la privacidad y la libertad individual en una democracia en su columna de El Mercurio.
Karol Cariola y yo tenemos muy poco en común. Salvo nuestra humanidad compartida, lo cual no deja de ser. He expresado muchas veces mis serias y fundadas reservas morales, no solo sobre el rol histórico del Partido Comunista y sus regímenes totalitarios, sino también respecto a su doctrina, basada en la imposición de una verdad única irreversible; el enfrentamiento entre compatriotas por el mero hecho de su pertenencia a un grupo social determinado; la inclusión eventual del uso de la fuerza para lograr la revolución; la dictadura del proletariado y la eliminación de cualquier forma de libertad individual, sacrificada siempre a un supuesto “bien colectivo”, que solo sus miembros pueden determinar.
Esto no significa que no me haya conmovido mucho que —justo en el día en que enfrentaba lo que para una mujer es el momento más glorioso y cuasi místico del nacimiento de un primer hijo— ella haya sido sometida a procedimientos policiales invasivos, seguramente legales —aún no sé si indispensables en ese momento específico—, pero del tipo que yo, al menos, asocio más con regímenes totalitarios que con sociedades abiertas.
Esta “empatía” con otros, incluso con los políticos más distantes de nuestras convicciones, nace del convencimiento de que para que la democracia funcione hay una regla ineludible: hacer un esfuerzo permanente para que las discrepancias objetivas no invadan el ámbito de los sentimientos. Si no es así, el desacuerdo se transforma en odio y el odio fácilmente en violencia, el adversario en enemigo y ello inhibe la posibilidad de una deliberación racional, tan importante para la democracia como las instituciones que nos rigen.