Lucía Santa Cruz: “La política y la virtud”

En su columna de El Mercurio, la académica de número reflexiona sobre la libertad, el pluralismo y las virtudes cívicas necesarias para sostener una sociedad democrática.

La vida en sociedad compromete una serie de temas éticos que debemos enfrentar. En la antigüedad, la idea de la política y la virtud eran inseparables, porque la política no trataba solamente de resolver problemas concretos de la ciudadanía, sino que implicaba también una visión acerca de la vida buena en común. Para los clásicos, la República no podía sostenerse sin la prudencia, la justicia, la templanza y fortaleza, la magnanimidad y sentido del límite. El ciudadano, por su parte, debía respeto a la ley, participación, preocupación por la cosa pública, moderación y tolerancia y valentía cívica para denunciar el abuso y no ceder al miedo o al conformismo

La modernidad trajo consigo la existencia de sociedades donde conviven diversas creencias y opiniones. La idea de una sociedad monolítica, donde una sola cosmovisión se puede imponer sobre todos, es una creencia generalmente resistida. Es más, es posible afirmar que la raíz intelectual de todos los totalitarismos es la presunción de que existen conocimientos ciertos, y un bien único objetivamente determinable, que solo algunos pueden ver, y pueden, en consecuencia, imponer a otros por medio de la coerción y contra la voluntad explícita de las personas. La experiencia histórica nos muestra que cada vez que la virtud se convirtió en un programa de gobierno, terminó en una guillotina o en una dictadura. El intento de Robespierre por imponer su visión acerca de la virtud llevó al terror; los regímenes que prometían un hombre nuevo produjeron, sobre todo, hombres subyugados. En suma, se teme, con razón, que este pluralismo que es consustancial a la libertad y representa en sí mismo un bien deseable, se pone en jaque cuando se intenta establecer códigos rígidos unívocos respecto de lo que es el bien, pues con ello se vulnera la autonomía moral de las personas y se les conculca su derecho a perseguir sus propios intereses, de acuerdo con un juicio personal de lo que es bueno y conveniente.

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