En su columna de El Mercurio, la académica de número advierte sobre los riesgos de la polarización política en Chile.
Cuando un país se fragmenta en dos bandos irreconciliables y se llega a pensar que uno solo puede sobrevivir a expensas del otro, se ha alcanzado un grado de polarización peligroso y se está al borde de la guerra civil. Muy cerca de esa situación se llegó en la Unidad Popular, para terminar en el colapso institucional. El factor más determinante en estos casos es que no se trata solamente de diferencias ideológicas, sino de que estas traspasan las fronteras afectivas y se encarnan en sentimientos poco saludables, que varían entre el odio y el miedo recíproco. Ya no se trata entonces de discrepancias sustantivas, sino que estas quedan avasalladas por una desconfianza ilimitada, una deshumanización de quien piensa diferente y una aversión visceral hacia quien deja de ser adversario, para pasar a ser un enemigo que debe ser destruido.
Hoy estamos muy lejos de esa dicotomía, pero, al igual que en otras partes del mundo, enfrentamos un predicamento en que triunfan los extremos y la moderación sensata es vilipendiada como cobardía. La segunda experiencia constitucional, y sobre todo la comisión de expertos, mostró que son posibles los acuerdos en una amplia gama de políticas concretas, que no prosperan por identidades tribales que los entorpecen.