En su columna de El Mercurio, la académica de número reflexiona sobre las tensiones culturales y morales en las sociedades modernas.
Tengo una objeción semántica a la idea de una “guerra cultural”. Me parece una expresión demasiado bélica, que involucra el objetivo de lograr la derrota total de un conjunto de ideas y valores —en otras palabras, de una cultura— para que triunfe sobre otra y ejerza la hegemonía cultural en una sociedad moderna que, por definición, es plural. Además, implica la presunción de que existen dos bandos monolíticos que se enfrentan, en circunstancias que en la mayoría de las veces hay múltiples contradicciones, ambivalencias y ambigüedades en cada conjunto; y solo en los extremos radicales se dan esas convicciones tajantes que no admiten la duda.
Es verdad que en cada época histórica han existido visiones contrapuestas acerca de la virtud y de la moral y concepciones distintas acerca de la buena vida. Adam Smith en “La Riqueza de las Naciones” escribió: “En toda sociedad civilizada siempre han existido dos esquemas o sistemas de moralidad vigentes al mismo tiempo, de los cuales uno puede llamarse el estricto o austero, y el otro, el liberal, o si se quiere, el sistema laxo. El primero es generalmente admirado y venerado por la gente común. El segundo es comúnmente más estimado y adoptado por quienes son llamados personas de moda”.