El académico de número analiza los cambios en la estrategia geopolítica y militar de Estados Unidos, en su columna del diario La República de Perú.
En la Segunda Guerra Mundial, Japón solo se rindió tras el impacto de la segunda bomba atómica lanzada sobre Nagasaki. Fue la secuela de un dramático debate interno, en los EE. UU., entre científicos, políticos y militares. Unos planteaban disuadir informativamente a los japoneses para negociar su rendición y otros planteaban lanzar primero la bomba sobre Hiroshima y después negociar la rendición, pues los japoneses eran irreductibles.
Ochenta años después, los EE. UU. ya no tienen el monopolio ni el duopolio (con la ex Unión Soviética) del poder nuclear. Hoy son nueve las potencias que se sabe lo tienen y se sospecha que hay más. Son demasiadas para un consenso y esto cambió los niveles de sensatez de la Guerra Fría expresados en la fórmula MAD (Destrucción Mutua Asegurada). Por eso, en lugar de negociar para disuadir a un enemigo irreductible y así evitar el flagelo de una guerra, en el club nuclear ha emergido la tendencia a disuadir antes de negociar, aunque eso catalice el apocalipsis. Así pasamos del equilibrio del terror al terror desequilibrado, con Donald Trump como actor principal.
En versión maximalista, la estrategia de Trump contiene una transición de los EE. UU. hacia la hegemonía planetaria unilateral. Esto le garantizaría una seguridad absoluta, incluso mediante conquistas territoriales.