El académico de número analiza analiza la importancia, complejidad y actualidad del cargo de Secretario General de la ONU, en su columna de El Mostrador.
Ser “el más alto funcionario administrativo de la Organización” –así define al secretario general o “SecGen” la Carta de la ONU–, implica responsabilidades burocráticas superlativas. Un cálculo a la baja cifra el personal plurinacional en 130.000. Compensando ese desafío, el cargo luce gratificante en términos materiales. Magnífica remuneración, asignaciones extras, necesidades domésticas (residencia, movilización, servidumbre) resueltas por el presupuesto y una pensión de corto plazo (early retirement) mejor que cualquiera de plazo largo. El equivalente anual a un premio mayor de la Lotería.
Durante la Guerra Fría fue complejísimo ejercer el cargo, por su peso político simbólico. Protocolarmente equivale al de un jefe de Estado. Por eso, los celosos redactores de la Carta le impusieron, en su artículo 100, una doble neutralidad: internacionalizarse y despolitizarse a tiempo completo, personal dependiente comprendido. Vía reglamentación interna, esa neutralidad se expandió a todo el personal del sistema.