El académico de número propone reafirmar la misión pública y cultural de la universidad, en su columna de El Mercurio.
El reciente informe de la Fiscalía Nacional Económica sobre la educación superior chilena trata a las universidades como un mercado. Serían instituciones que compiten por atraer estudiantes, sobre todo de pregrado, en un contexto de información incompleta, precios, regulaciones y señales poco claras. Todo sigue la lógica de la competencia: oferta, demanda y eficiencia. Así, la universidad se convierte en una “empresa” que ofrece educación y la vende a consumidores racionales. Se sugiere que su desempeño puede mejorar con más transparencia, menos rigidez y más competencia. El sistema educativo acaba como una industria más.
El problema es que esa visión, aunque útil en contabilidad, es errónea. La universidad no es una empresa; es una institución cultural y cívica, anterior y más amplia que el orden económico industrial. No existe por razones de rendimiento financiero o eficiencia asignativa. Su misión es crear, conservar y transmitir el conocimiento para beneficiar a la sociedad. Reducirla a un mero agente del mercado ignora su historia, su naturaleza institucional y los valores —intelectuales, éticos y públicos— que la sostienen.