El académico de número crítica a la fugacidad y superficialidad del debate político en su columna de El Mercurio.
El ciclo electoral ha entrado en fase aguda. Con las y los candidatos ya en carrera, especialmente en la pista presidencial, presenciamos cómo cada uno intenta comprimir su visión de país y sus promesas de transformación en el breve intervalo de una administración de cuatro años. Como si fuera posible domar las fuerzas profundas del cambio en tiempo récord.
Pero lo cierto es que vivimos en una sociedad de aceleración. En casi todos los ámbitos, los procesos se intensifican. Como ha planteado el sociólogo Hartmut Rosa, la modernidad tardía se caracteriza por la aceleración constante de la vida social, tecnológica y económica, afectando incluso la forma en que experimentamos el tiempo.
La economía digital y, más recientemente, la irrupción de la inteligencia artificial generativa, prometen —o amenazan— con multiplicar la velocidad de producción de bienes, servicios e ideas. La invención de vacunas contra pandemias, otrora un proceso de décadas, se realizó en meses. Las epidemias globales —como vivimos recientemente— se expanden a velocidad inédita. La paradoja es que al mismo tiempo paralizan, interiorizan, nos obligan a la pausa, al recogimiento. Pero solo por un momento: el vértigo se reanuda rápidamente.