El académico de número analiza el concepto de meritocracia y su papel en la sociedad contemporánea en una columna de El Mercurio.
Uno de los tópicos más antiguos, a la vez que nuevo, de los debates ideológicos contemporáneos es el lugar que ocupa el mérito en las trayectorias individuales y en los arreglos colectivos de la sociedad. Según algunos, la meritocracia sería quizá el ideal más universalmente compartido. Al mismo tiempo, los críticos sostienen que la creencia en, y la práctica de la meritocracia contribuye al aumento de la desigualdad, disminuye la movilidad social, genera indiferencia ante la pobreza y el sufrimiento, y produce otros problemas sociales. Estamos pues frente a conceptos intensamente contestados.
En el plano político de Occidente, ellos vienen discutiéndose desde antiguo. En efecto, la idea de Platón de que la polis debía ser gobernada por lo que en la actualidad llamaríamos una meritocracia pensante, altamente educada y examinada rigurosamente, resuena hasta hoy dentro de los más distintos regímenes ideológicos. En el siglo pasado era compartida por las democracias y el régimen soviético.
Hoy día el presidente Xi llama al PC chino a seleccionar a los funcionarios “en función de sus méritos, independientemente de su origen social”. A su turno, el diario inglés The Guardian observaba hace un tiempo: “En las democracias occidentales, los partidos políticos modernos de centro, izquierda y derecha han hecho cada vez más hincapié en el mérito como base sobre la que debe organizarse la sociedad” (10 de enero 2022).