El académico de número cuestiona la forma en que Chile y su sistema educativo enfrentan el futuro, en su columna de El Mercurio.
Vivimos en medio de transformaciones que hace una generación habrían sido consideradas ciencia ficción: máquinas que conversan, cambios climáticos caóticos, trabajos que desaparecen y otros aún sin nombre. Sin embargo, cuando pedimos a nuestro sistema educativo que planifique el porvenir, su respuesta suele centrarse en elogiar o criticar el pasado. Sobre el presente, nos brinda indicadores de resultados, planes de mejora, tasas de rendimiento y avances o retrocesos cada cuatro años. El futuro, esa dimensión que antes alimentaba la imaginación y guiaba nuestras acciones, ahora parece una casilla vacía.
En realidad, no nos falta un futuro, sino la capacidad de imaginarlo de otra manera. Esta paradoja, propuesta por Fredric Jameson, revela que hoy en día resulta más sencillo imaginar el fin del mundo que el colapso del sistema actual. Hemos perdido la habilidad de concebir opciones diferentes, hasta el punto de que la falta de un horizonte claro nos parece la forma natural en que las cosas suceden.
Quejarse de las métricas y rankings es algo muy común hoy en día. Casi todos los seminarios abordan el impacto negativo del “gobierno de los números” en la educación. Sin embargo, considero que el problema es más sutil y grave.