En su columna de El Líbero, el académico de número reflexiona sobre la pérdida de un mundo político-intelectual que estructuró gran parte de la historia democrática chilena del siglo XX y principios del XXI.
En esta columna de memoria y análisis, recorro mi propia formación en el mundo jesuita, democristiano y universitario de los años 60, la construcción cultural de la Concertación bajo la dictadura, su despliegue junto con la recuperación de la democracia y el presente de un centro político que todos invocan, pero ya nadie habita. Una despedida sin nostalgia por un mundo que se desvanece.
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Sin que el cuadro político-electoral se haya decantado definitivamente hacia un lado u otro -derechas o izquierdas, oficialismo u oposición- ni el encuadre ideológico de los bloques en competencia esté aún bien formulado, todo apunta sin embargo a un enfrentamiento centrípeto. O sea, uno que se mueve hacia el centro o atrae hacia él; centro que todos mencionan sin saber siquiera si acaso existe. Pero en el imaginario comunicacional, ¡qué duda cabe! Está vivamente presente.
Basta ver el jolgorio del oficialismo al recibir a las esmirriadas huestes democristianas que, se dice, vienen a consolidar un renovado bloque de centroizquierda, del PCCh a la DC, dos símbolos de anacronismo político. Una fiesta similar, también en el círculo de los pequeños números, celebró Chile Vamos hace poco tiempo, cuando Amarillos (mayoritariamente democristianos también) adhirió a su candidata. “Matthei es de derecha cultural y ha tomado posiciones de centro», expresó en ese momento el presidente de Amarillos.