En su columna en El Mercurio, el académico de número reflexiona sobre los efectos negativos que pueden tener las redes sociales, los celulares y el acceso ilimitado a contenido digital.
Hace pocos días, un capellán de colegio narraba los deletéreos efectos que estaba provocando en los adolescentes la adicción a las redes sociales. En Australia se ha tomado la draconiana medida de prohibirlas en menores de 16 años, y en nuestro país se estudia un proyecto en esa dirección. Y sigue la enfervorizada polémica por la utilización de teléfonos celulares en la educación. Casi siempre esta discusión se limita a la mera prohibición o restricción. Quiero proponer algo positivo, el cultivo de una virtud, sin que signifique ignorar el peligro al cual se enfrenta. Quisiera fomentar y promover la studiositas, que sirva como contrapeso virtuoso al peligro que entraña la curiosidad.
Nunca hemos tenido tanta información al alcance de la mano. Nos rodea una permanente algarabía de voces, datos, imágenes. Sin embargo, se hace necesario separar la infobasura de la información relevante. A su vez, la persona debe saber discernir la “studiositas”, el afán natural de saber, de su depravación, la curiosidad. En todo adolescente hay un afán natural de conocer los misterios de la vida. Pero desde Adán y Eva se nos advierte del peligro de la curiosidad. Milton, en “El paraíso perdido”, pone de relieve la estrategia de Satanás para tentar a Eva: “Del mal, si el mal existe,/ ¿por qué no conocerlo para mejor huirlo?”. Sugiere que la experiencia nos protege del mal mejor que las admoniciones en su contra: “la experiencia, el mejor de los guías”. Con su nuevo conocimiento, Eva se considera superior a Adán y más libre: “Prueba, Adán, libremente basado en mi experiencia:/ pruébalo, y da a los vientos el temor a la muerte”. La curiosidad es un eficaz móvil y la palabra “experiencia” es seductora. El principal condimento con el que Milton adereza su poema épico es la “libido sciendi”, apetito de conocimiento prohibido, un ansia que comporta un fuerte elemento de perversidad y afición a la transgresión. Sin embargo, en la actualidad, se reverencian las incursiones audaces y la curiosidad se nos antoja más un comienzo de sabiduría que una invitación al pecado. Han quedado atrás las advertencias de un San Bernardo: “la curiosidad es el principio de todos los pecados”, o las de San Pablo, “sapere ad sobrietatem”, el saber guiado por la prudencia. Porque, del mal, no proviene ningún conocimiento. Solo lo conoce el que se opone a él, el que no se deja enceguecer y dominar por él. De modo análogo, verdaderamente conoce la fuerza de una tendencia el que se opone a ella, no el que río abajo simplemente se deja llevar.