El académico de número analiza la creciente polarización política y social en Chile, en su columna de El Mercurio.
La polarización tiene una capacidad exponencial de reproducirse, lo que la transforma en una de las pestes más mortales y difíciles de erradicar cuando penetra con cierta intensidad en el cuerpo social. Si llega a niveles de odio, los mecanismos de curación se tornan improbables y dolorosos.
La polarización no es solo la distancia que nos separa en los temas que nos dividen, sino también y, sobre todo, como bien lo ha apuntado y medido el Estudio Nacional de Polarizaciones 2025 (3xi y Research, disponible en la web), aquella que media entre las posiciones que creemos tienen los que piensan distinto y las que ellos realmente tienen, en los temas que nos importan de la vida en común. Cuando se hace significativa esa distancia entre lo que los otros piensan de esos problemas y lo que nosotros creemos que los otros piensan acerca de ellos, es señal de que no nos escuchamos; ya no solo no intentamos empatizar, sino que no sintonizamos; cuando, raramente, escuchamos a los distintos, solemos hacerlo “interpretados” por un tercero parecido a nosotros, y cuando nos vemos forzados a oírlos directamente, lo hacemos no para comprender lo que dicen, sino para reafirmar el estereotipo que nos hemos hecho de ellos. Solemos “extremar” al otro para así poder reafirmarnos; pero, a una cierta altura de ese “extremarlo”, el otro que hemos inventado se constituye en amenaza. A un cierto nivel de esa pendiente —como ocurrió durante la Unidad Popular y exacerbó el discurso contra el “cáncer marxista” del gobierno militar—, el otro pasa a ser enemigo y se necesita y justifica exterminarlo.