El académico de número defiende el regreso de la estatua del general Baquedano tras el estallido social de 2019, en su columna de El Mercurio.
Baquedano de vuelta en su plaza podría ser la foto política del año. Competirá con la del cambio (pendular) de mando, que debiera coincidir por la misma fecha, pero esta última postal ocurre regularmente cada cuatro años; en cambio, el triunfo de la razón sobre la fuerza sucede muy de vez en cuando.
Puede resultar paradójico que la estatua del triunfante general guerrero vuelva por obra de la deliberación y no de una espada, pero así será. Y será un acto de coraje que nos devolverá la dignidad perdida.
Es que el plinto vacío, en medio de una de las tres plazas más importantes de nuestra capital política, esa muela blanca carente de sentido y belleza por sí misma, ese absurdo de muñón amputado, simbolizaba, si no el triunfo de los violentos octubristas, al menos el temor a que regresaran con sus antifaces, sus piedras, sus bombas y su fuego. Un país temeroso de provocar a unos pocos violentos es un país que pierde dignidad. El plinto vacío nos lo recordaba a diario. A diario nos traía la escena del que no bailaba, al son de la música y amenazas de esos matones, no pasaba. Me parecía que Baquedano, o más bien la ciudad entera, aceptaba bailar cada día en que no estaba.