El académico de número analiza las decisiones políticas del Ejecutivo encabezado por el presidente Gabriel Boric, en su columna de El Mercurio.
El Gobierno se inició con el apresurado e improvisado viaje de la ministra del Interior a Temucuicui y termina con otra pantomima de aficionados, como va develando ser al affaire cable a China. Entre medio, la mayor y más grave de las chambonadas: la propuesta constitucional, que, afortunadamente, cambió el curso del Gobierno y el rumbo que, hasta allí, parecía llevar la historia.
Los tres episodios, y tantos otros que ocurrieron entre medio, están marcados por el voluntarismo, ese impulso que hace pensar que bastan las buenas intenciones para que las obras sean virtuosas. Tras tales eventos, se devela ese purismo de las almas bondadosas que atribuye la miseria del mundo a la maldad de los otros y cree que la complejidad de los medios no es más que la excusa de los egoístas para que nada cambie a la velocidad debida. En todas esas audaces e improvisadas decisiones, pero particularmente en la propuesta constitucional, se mostró esa ilusión de pensar el orden social como arcilla dócil en manos de la voluntad política, su poderoso alfarero.
El lío del cable tiene de los mismos ingredientes. Por supuesto que Chile tiene todo el derecho y está en su interés intensificar su potencial informático y sus relaciones comerciales con China. Pero, al igual que en los otros dos episodios mencionados, no podía menos que saber los conflictos que se compraba; esta vez con Estados Unidos; los que, por lo demás, fueron —no sabemos con qué detalle— advertidos por el embajador de ese país.