En su columna de El Mercurio, el Presidente de la Academia Chilena de Ciencias Sociales Políticas y Morales examina la vigencia de las ideas del filósofo político Francis Fukuyama y su interpretación del mundo posterior a la Guerra Fría.
Señor Director:
Si bien para algunos, entre los cuales modestamente deseo contarme, pocas cosas hay tan fascinantes e interesantes como hacer una crónica de las ideas del tiempo presente, el propio ejercicio profesional me fue convenciendo de que el ideólogo o filósofo norteamericano Francis Fukuyama —a pesar de los flancos que muchos han evidenciado— hizo algunos presagios verdaderamente acertados.
Así, cuando en el libro que le dio fama universal, “El fin de la historia y el último hombre”, presagió, por ejemplo, que con la caída del Muro de Berlín (1989) y el colapso de las ideologías que habían cooptado el debate y la acción política por todo un siglo, entraríamos en una nueva era, en este aspecto aburrida y triste, parece que acertó plenamente.
También acertó, me parece, en lo del “último hombre” —el nihilista posmoderno de Nietzsche— en tanto podemos identificar el tiempo que entonces se inicia como el de la deconstrucción y la irracionalidad, dominado por modos y costumbres mucho más que por ideas bien formuladas. Es lo que manda y corroe a nuestro tiempo, al menos a la venerada por siglos “civilización occidental”, desde la vida privada al plano público, constituyéndose en una preocupación esencial, que desafía, incluso existencialmente, a la Academia.
Muchos recordamos con admiración el hermoso discurso pronunciado desde el balcón de La Moneda el 11 de marzo de 1990 por el presidente Aylwin. Todavía el polvo del derruido Muro se dejaba sentir en el hemisferio (ni soñábamos que muy luego llegaría a estas costas Erich Honecker…). De su parte, para un orador de vieja escuela, como Aylwin, era la ocasión para sellar un paréntesis republicano de 20 años.
O tempora, o mores: ¿quisiera alguno, replicando las Catilinarias, reviviéramos a Cicerón en la era de Fukuyama? No es eso entretanto lo que se juega hoy. Sí un cambio de convicción y la probidad.