El académico de número electo reflexiona sobre cómo debería reformarse el sistema de educación superior en Chile, en su columna de El Mercurio.
En gran parte del mundo avanzado los estudiantes universitarios cursan una licenciatura que se prolonga por tres o cuatro años. Alrededor de un 64% de estos graduados se queda solo con este grado. Un poco menos de un tercio vuelve a la universidad a cursar un magíster o proseguir estudios de doctorado. Un 4% obtiene un grado profesional. Estos son de distinta naturaleza e incluyen desde los licenciados en ciencias de la ingeniería que se certifican profesionalmente hasta quienes prosiguen estudios como derecho o medicina. No es raro que los licenciados obtengan más adelante certificaciones específicas, vinculadas a sus trayectorias laborales particulares, sin que constituyan grados. Esta descripción no representa a todos los países desarrollados, pero refleja los modelos más habituales.
Esta aproximación a la formación universitaria presenta enormes ventajas. Por un lado, reconoce que la formación inicial debe ser más breve y apuntar a desarrollar habilidades que son útiles en distintas trayectorias laborales. Por supuesto, también incluye alguna especialización, pero solo en las competencias fundamentales de la disciplina elegida. Por otro, vislumbra que la incorporación al mundo del trabajo entrega un conjunto adicional de destrezas en cuyo desarrollo la universidad no tiene ventajas comparativas. Por supuesto, puede complementarlas con los certificados o posgrados mencionados.
Por estas razones tampoco hace sentido que la inmensa mayoría de los programas de pregrado finalice con un título profesional. En un mundo de cambios vertiginosos y de elevadas disrupciones, como el que estamos viviendo, esta formación de una persona joven es más eficiente y efectiva que la predominante en Chile.