En su columna en El Mercurio, el académico de número analiza las similitudes entre el estallido social ocurrido en Chile en octubre de 2019 y las recientes protestas en Francia.
Nada ha cambiado en siete años. La derecha, que gobernaba entonces y gobierna hoy, pidiendo cuentas a la izquierda por la violencia que se desató tras el 18-O; esta, insistiendo en los malestares que hicieron erupción entonces y que siguen vivos, aunque agazapados. Entretanto, las víctimas, que perdieron sus ojos, sus bienes, su libertad, su empleo o sus esperanzas, siguen ahí, incrédulas.
Pero basta con levantar la cabeza para ver que nuestro octubre no fue una anomalía. Fue un signo. Lo sucedido en Francia el 17-O así lo prueba.
Todo partió, igual que acá, con los secundarios. Llevan semanas en las calles. Se fija un día y un lugar. Se convoca por redes sociales. La policía se prepara. Concurren con sus máscaras y sus cantos. Pequeños grupos vestidos de negro destruyen mobiliario urbano y encienden barricadas. Caen las lacrimógenas. Estudiantes y policías heridos. Llamados transversales contra la violencia. Guión conocido.