El académico de número reflexiona sobre cómo gobiernan realmente los presidentes, en su columna en El Mercurio.
Todos los gobiernos llegan con un guión. Y todos, a las pocas semanas, descubren que ese guión debe ser revisado. Obedece a lo que Daniel Kahneman llamó la “falacia de la planificación”: la tendencia a subestimar los obstáculos y sobreestimar las propias capacidades, ilusión que no distingue entre izquierda y derecha, ni entre expertos y gente común.
Aylwin se encontró con que no podía cumplir con sus metas de bajar la pobreza porque antes había que enfriar una economía sobrecalentada. Lagos tuvo que postergar sus sueños modernizadores y dedicar el primer año a ajustar las cuentas. Bachelet tuvo que soportar la crisis de 2008, que curiosamente terminó elevándola a la condición de mito. Piñera se encontró ante un terremoto, la primera vez, y la segunda, con el estallido justo cuando se preparaba para recibir la COP y la APEC. Boric se encontró con una guerra en Europa que dislocó la economía mundial y una Convención inmanejable.
Nadie gobierna en las condiciones que imaginó. Las circunstancias cambian, las prioridades se desplazan, las emergencias se evaporan. Lo que hace poco tenía sentido —la urgencia, la excepcionalidad, el enemigo a combatir— deja de tenerlo. Eso exige ajustar expectativas y corregir el rumbo. Cómo se hace es lo distintivo de cada gobierno, de cada liderazgo: no el programa, no los incondicionales, sino la capacidad de liberarse oportunamente de ambos.