En su columna en El Mercurio, el académico de número propone que el crecimiento económico debe ir acompañado de modernización productiva y fortalecimiento territorial.
El debate económico chileno está hoy centrado en la “megarreforma” propuesta por el nuevo gobierno al Congreso. La intención es provocar un electroshock que despierte los “espíritus animales” de los inversionistas. Sus defensores sostienen que por mucho tiempo se les ha recargado de impuestos y exigencias, lo que terminó por matar la gallina de los huevos de oro: se estancaron el crecimiento económico y el empleo, y con ello aumentó la dependencia de la población respecto del Estado. Sería hora de cambiar de receta y volver a la ortodoxia. Esto “puede generar un cierto desequilibrio inicial en las finanzas públicas” —se indicó desde La Moneda—, pero “en el mediano y largo plazo la economía va a recuperar su energía y el empleo”.
Tal certeza produce escalofríos en economistas más conservadores. También en entidades locales e internacionales de evaluación económica. Se cuestiona si la baja de impuestos va a producir por sí sola crecimiento, y que esto compensará la caída en la recaudación. El temor es el del perro de Esopo: que por abalanzarse sobre el reflejo del hueso en el agua se pierda lo más esencial: la estabilidad y la cohesión social, que en Chile son más frágiles de lo que parecen.