El académico de número analiza las dificultades de la candidatura presidencial de Jeannette Jara en su columna publicada en El Mercurio.
Cercanía, autenticidad, confianza: esto es lo que requiere proyectar hoy un buen candidato presidencial. Esto depende más de la biografía que de los programas; de la frescura y espontaneidad personal que de los discursos. Jeannette Jara, en tal sentido, es una muy buena candidata: origen popular, estilo cercano, espontaneidad, mensaje anclado en la justicia social. Pero, curiosamente, su candidatura no avanza.
Sus adversarios no han tenido la indulgencia que primó en la primaria oficialista. La golpean donde más le duele: en su verosimilitud, consistencia y transparencia. La acusan, tácitamente, de impostora. Para ello usan su militancia en el PC, un partido exitoso pero endogámico, que genera recelos en parte del electorado que Jara necesita conquistar. Este lastre puede terminar pasándole la cuenta.
Tras sobrevivir a la política de exterminio de la dictadura, en 1980 los comunistas dejaron de lado su tradicional estrategia pacífica e institucional y optaron por la estrategia de la “rebelión popular de masas” —incluyendo la lucha armada—, pulverizando con ello cualquier acercamiento a la DC. Lo justificaron diciendo que el 11 había confirmado que no había otra vía viable para una democracia avanzada y el socialismo. Adherían así a la tesis predominante en la órbita soviética, que les había acogido en su exilio. En paralelo, se sumaron con saña al coro orquestado por Moscú para condenar como “desviación reformista” al eurocomunismo de Berlinguer.