Eugenio Tironi: “El atractivo de Trump”

En una columna publicada en El Mercurio, el académico de número analiza el estilo de liderazgo del presidente de Estados Unidos.

Acapara las portadas. Amenaza a sus adversarios y se burla de sus aliados. Interviene en cualquier rincón del mundo como si fuera el patio de su casa. Pone las instituciones a su servicio. Se rodea de parientes, compadres y acólitos. Administra el gobierno como una empresa personal. Hace poco revocó visas a autoridades de un país soberano y aliado, como castigo por someter a evaluación una inversión que consideró peligrosa para sus intereses. Donald Trump domina la escena y, con ese estilo, ha venido logrando buena parte de lo que busca. Cuenta con una adhesión interna incombustible y con una cuota de simpatía internacional que debería llamar a la reflexión.

Tomemos Venezuela. No pidió autorización, no buscó consensos internos, no se sometió a esas deliberaciones multilaterales lentas y costosas. Tampoco tenía un plan claro para el “día después”: confió en que lo demás se ordenaría sobre la marcha. Su operación produjo estupor en las élites liberal-progresistas, pero cosechó una adhesión inesperada dentro y fuera de Estados Unidos. Incluso sectores que no comparten su ideología ni sus métodos sintieron, tras la captura de Maduro, un alivio difícil de disimular: por fin pasó algo. Fue un gesto tosco, de legalidad discutible y de efectos estratégicos inciertos, pero cortó un nudo y abrió un curso nuevo que, con el tiempo, empieza a verse más razonable.

En un mundo saturado de diagnósticos, comunicados y procesos inconclusos, lo de Venezuela operó como una señal contra la impotencia. El acto es el mensaje.

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