Ensayo del académico de número publicado en la revista Diapasón 02, de la Facultad de Arquitectura, Arte y Diseño, Universidad Católica de Temuco.
Vivimos en tiempos de la baja modernidad como señaló el gran sociólogo francés Alain Touraine, otros hablan de la posmodernidad, pero es un término algo vacío, que define más lo que no es, que lo que es.
La baja modernidad se caracteriza por un profundo desfase que se produce en el último cuarto del siglo XX entre los dos componentes básicos de la modernidad: la modernidad instrumental y la modernidad normativa, desfase que se ha multiplicado en el primer cuarto del siglo XXI.
De una parte, la modernidad instrumental, aquella ligada a la ciencia y la tecnología alcanza una velocidad exponencial superando las revoluciones tecnológicas anteriores, adquiriendo un desarrollo muy complejo, produciendo nuevos cambios paradigmáticos sobre el modo de producir, el funcionamiento de las empresas, el conjunto de la actividad económica y política y también el entorno cultural, creando cambios en el funcionamiento de la sociedad y en la vida de las personas.
Estos cambios tienen aspectos muy positivos como la disminución de la pobreza sobre todo donde esta era más numerosa, China e India, y ha facilitado diversos aspectos de la calidad de la vida humana y su prolongación.
Pero también ha generado una competencia muy ruda entre las grandes potencias que incluye fuertes cambios geopolíticos, aumentado las desigualdades al interior de las sociedades, la brecha de desarrollo entre los países, el uso de la fuerza por la conquista de la supremacía y plantea peligros enormes, incluida la propia supervivencia de la humanidad.
La modernidad normativa ha quedado atrás, se trata de un desfase moral que acompaña ese crecimiento de la desigualdad social, la mala calidad de la convivencia el predominio de una individualización exacerbada y el debilitamiento de un “nosotros” civilizatorio, que acompaña la expansión de la violencia y la criminalidad, la divergencia territorial en el desarrollo, la concentración exagerada de la riqueza, la agudización de los conflictos geopolíticos con armas con gran poder de destrucción, la crisis de la democracia, en una palabra un conjunto de tendencias que impulsan más hacia la barbarie que hacia la acumulación civilizatoria.
La revolución de las comunicaciones que generó un mundo conectado albergó una promesa positiva de expansión sin precedentes de la democracia al convertir a los seres humanos, gracias al avance tecnológico, en “emisores” y “receptores” a la vez.
Sin embargo, esa promesa generada por internet y cristalizada masivamente en el smartphone, si bien ha tenido múltiples efectos positivos, no cumplió la promesa de expansión democrática, de tolerancia, de pluralismo, tampoco fortaleció necesariamente el encuentro de las civilizaciones.
Si bien ayudó a disminuir las sociedades aisladas, cerradas, jerárquicas y homogéneas que existían como persistencia del pasado, también generó un rostro oscuro.
Hemos acumulado y seguimos acumulando decepciones, las nuevas posibilidades comunicacionales lucen menos como un foro abierto y más como una fragmentación tribal de impulsos fanáticos y resentidos que a través de ellas reafirman sus convicciones, intereses o prejuicios, odiando e insultando a todos quienes no comparten sus ideas, muchos están dispuestos a comulgar con ruedas de carreta siempre que pertenezcan a “su” carreta y consideran válidas mentiras y falsedades si ellas confortan sus creencias.
Mas que una expansión democrática las redes sociales parecen muchas veces el reino de lo irreflexivo, donde imperan millones de soledades, el debilitamiento de los vínculos sociales, la fragilidad de la amistad cívica, y la desconfianza a las instituciones y experiencias que permitían a individuos muy diferentes reconocerse como pertenecientes a algo común.
A fin de cuentas, se debilitó el “nosotros”; es en ese momento de debilitamiento de lo común cuando irrumpe la revolución algorítmica, ella no creó ni la soledad ni el individualismo exacerbado, tampoco la fragmentación de identidades, ni la crisis de la democracia, simplemente cabalgó lo que ya existía y fortaleció su degradación.
En este contexto surge la inteligencia artificial (IA).
Ella y el algoritmo no son lo mismo, el algoritmo precede de mucho a la IA.
El algoritmo es simplemente una secuencia de instrucciones destinada a obtener un resultado: ordenar información, clasificar, calcular y recomendar.
Buena parte de ellos ejecutan reglas establecidas y no desarrollan procesos de aprendizaje.
La IA es algo más complejo.
Utiliza algoritmos y enormes cantidades de datos y modelos capaces de identificar casi instantáneamente patrones, aprende de ejemplos, realiza comparaciones y predicciones, y en el caso de la inteligencia artificial generativa puede producir textos imágenes sonidos y otros contenidos.
Una de las mejores definiciones existentes de la IA es la que está contenida en la presentación que realizó Francisco en la reunión del G7 llevada a cabo del 13 al 15 de julio de 2024 en Borgo Egnazia, Fasano,Italia.
El papa Francisco muy bien asesorado definió la IA como “Una herramienta diseñada para resolver un problema que funciona mediante un encadenamiento lógico de operaciones algebraicas realizada en base a categorías de datos que se comparan para establecer correlaciones mejorando su valor estadístico mediante un proceso de autoaprendizaje basado en la búsqueda de datos adicionales y la auto modificación de sus procedimientos de cálculo es decir tiene una capacidad gigantesca de información y a la vez puede participar cada vez más en procesos de decisión”.
Si los algoritmos eran capaces de ordenar el mundo, la IA puede intervenir en su construcción.
Su posibilidad de aportar a un mundo mejor es gigantesca, pero también son gigantescos los peligros que encarna si no es bien usada o si se autonomiza de la capacidad de la gestión y el control humano.
Los problemas de la modernidad normativa ya existían antes de la IA, ella lo que hace es acelerarlos, y en consecuencias hacer más urgente la necesidad de producir un estrechamiento entre el desfase entre modernidad instrumental y modernidad normativa pues crecen los riesgos si no disminuye ese desfase.
La tarea de alinear la moral humana con las tecnologías es una responsabilidad solo nuestra, de los seres humanos, para asegurar que éstas no sean usadas en ocasiones, como sucede hasta ahora, para fines no acordes al bien de la humanidad sino en parte no menor, para fines destructivos.
La IA puede ayudar a un futuro mejor, sólo si somos capaces de direccionarla y controlarla hacia fines benéficos, no hacerlo, continuar con bajos o inexistentes niveles de límites y regulaciones, sería renunciar a nuestra responsabilidad de preservar nuestra autonomía humana, nuestro carácter de sujetos políticos como nos lo señala el filósofo español Fernando Savater y entregar el futuro a una criatura, eventualmente monstruosa.
Se podría abrir así un horizonte caracterizado por una tremenda distopía.
Si estamos convencidos que el progreso técnico no contiene en sí mismo los criterios para decidir qué sociedad queremos construir, es necesario que comprendamos las tendencias que existen en el debate actualmente y cómo evitar tomar una opción que a la vez no nos prive de los grandes avances que la IA nos aporta y asegurarnos que la ausencia de regulaciones no nos conduzca a una sociedad ajena.
En una sociedad así concebida la política democrática no tendría espacio, como tampoco el ejercicio de la ciudadanía y seamos apenas un ganado humano quizás bien alimentado y retozón pero deshumanizado y fragmentado; donde habría brechas insalvables entre quienes poseen robots y por tanto mando y quienes no lo posean.
No se trata de detener el progreso tecnológico, ello podría llevarnos a soluciones tan negativas como la ausencia de límites.
Lo que debemos tener presente es que la velocidad del progreso no lo es todo.
La democracia es necesariamente más lenta que un algoritmo, pues debe escuchar, reflexionar, discernir, discutir y finalmente decidir en tiempos humanos.
Aquello que en Silicon Valley es un pecado, para la democracia es una virtud, tener tiempo para deliberar.
Lo que para la democracia es fatal: la fragmentación del espacio público, para Silicon Valley puede ser una ventaja.
El ser humano no es un dato, una sociedad puede estar perfectamente conectada y haber perdido lo que ninguna tecnología puede crear: el “nosotros”.
Requerimos entonces encontrar un equilibrio que permita avanzar en la innovación, pero bajo una orientación civilizatoria humanista y donde la democracia sea posible.
Ello no es fácil, si bien el impulso inicial de las grandes innovaciones parecía estar ligada en un principio a un horizonte colectivo de expansión de una mayor libertad y calidad de vida para los seres humanos, a poco andar abandonó su camino contracultural y cosmopolita cuando los jóvenes innovadores de garaje se transformaron en tecno – billonarios, en un “tercer hombre” del cuadro geopolítico, del mapa del poder, en cuyo extremo se situó una suerte de tecno – anarquismo, que reemplaza la libertad por el libertarismo.
Cuando muchos de los talentosos jóvenes creadores de Silicon Valley perdieron su primera lozanía y su dinero se volvió algo exorbitante, sus fobias dejan de ser la inmovilidad y la ausencia de progreso y pasan a ser las reglas, los impuestos, las políticas distributivas, el Estado de Bienestar, el principio de precaución y buena parte de las concepciones contemporáneas de la regulación tecnológica, la sostenibilidad y la responsabilidad empresarial.
En la medida que toman ese camino su crítica se expande al conjunto de la institucionalidad política, ellos consideran que su genialidad innovadora no sólo justifica sus inmensas fortunas, sino su derecho a repensar el futuro de la humanidad sin límites, ni controles, sin participación ninguna del pueblo llano, es natural entonces que su apoyo político se traslade a políticos autoritarios que consideran la democracia y el orden internacional un obstáculo a sus ambiciones: no es casualidad su preferencia por Donald Trump, un narciso autoritario extravagante.
Conviene, en consecuencias, revisar ese pensamiento, caracterizado por un extremo optimismo tecnológico, profecías muy audaces acerca del futuro, y un profundo descuido por la democracia, la prudencia y una visión equilibrada en relación con los eventuales peligros que pueden presentar para los seres humanos algunas de sus propuestas.
Esta tendencia se refleja muy bien en “The thecno-optimist manifesto” de Marc Andreessen, cofundador de Netscape, tecno billonario de primera línea, que detesta la introspección y posee una cabeza de forma perfectamente ovoide.
Pero veamos el pensamiento de algunos de sus exponentes, Entre aquellos que tienen un alto colorido se encuentra Peter Thiel, empresario alemán cofundador de Pay Pal teórico del libertarismo, amigo de Javier Milei quien transcurre buena parte de su tiempo en Argentina.
Es el quien ha expresado la sentencia definitiva y extrema cuando señala “Yo no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”, a partir de ello plantea la generación de espacios para escapar de la política, de ese misero entramado donde habitan los seres comunes y corrientes, espacios tales como el ciberespacio, nuevos espacios territoriales incluyendo las profundidades marítimas y el espacio exterior.
Este último tema, entusiastamente compartido por Jeff Bezos y Elon Musk, el inventor magnate nacido en África del Sur y devenido en estadounidense, personaje de tan alto colorido como el anterior, quien ha convertido el gusto por la humillación como orgullo disruptivo y la mala educación y el insulto como forma de controversia, ha ido cada vez más lejos en su acción política, no sólo a través de su tumultuosa colaboración con Trump sino actuando en Europa con un apoyo intenso y abierto a la extrema derecha utilizando la IA de manera turbia y antidemocrática para manipular la opinión pública.
El contenido de esta posición va más allá del reclamo a las reglas y lo tributario, hay una afinidad política más amplia con esos sectores soberanistas y xenófobos, con quien siente cercanía en su común hostilidad hacia la regulación europea, e incluso a la existencia de la Unión Europea, la crítica a toda visión sensata y equilibrada del fenómeno migratorio y el desprecio a la democracia como sistema político.
Esa acción, más que mil palabras muestra el talante de la fiera, si bien Musk y sus semejantes alegan la necesidad de una defensa radical del individuo frente al Estado terminan apoyando sin problemas proyectos destinados a generar Estados autoritarios, abandonan el universalismo por el nacionalismo, acumulan la mayor concentración de poder privado de la historia contemporánea y defienden la libertad individual mientras desarrollan operaciones de orientación y manipulación del comportamiento de millones de individuos.
Con algunos matices, por supuesto. estas posiciones son compartidas por Jeff Bezos, Max Zuckerberg y Sam Altman, aun cuando este último tiene una posición más abierta y sofisticada que no aparece siempre incompatible con la democracia.
Bill Gates es diferente, se declara partidario de la democracia razona en un marco político y estatal tiene sensibilidad en torno al tema de la desigualdad y la pobreza al menos desde una perspectiva filantrópica.
Pero en un reciente ensayo publicado el 26 de agosto de 2026 en Gates Notes titulado “The turbulent AI era is here. The choices we make now are critical” plantea un cambio importante respecto al optimismo tecnológico.
Su tesis está plasmada en una frase muy importante: “La inteligencia artificial puede ser el mayor instrumento de igualdad jamás inventado o la peor fuente de injusticia” y agrega algo todavía más significativo: “Incluso en el mejor escenario, la transición hacia la era de la inteligencia artificial será uno de los períodos más turbulentos de la historia”. Sostiene que esta revolución no es comparable con las anteriores revoluciones tecnológicas porque aquellas reemplazaban determinadas formas de trabajo, pero generaban otras que requerían capacidades cognitivas humanas. La inteligencia artificial en cambio puede sustituir la propia cognición humana y hacerlo con enorme rapidez, por ello alerta sobre una transformación profunda del trabajo, el derecho, la programación de servicios, la industria, y prácticamente de todos los sectores.
También se refiere al tema de la democracia, afirmando que no corresponde a las empresas de inteligencia artificial decidir por sí misma cómo resolver los problemas creados por su tecnología, él piensa que debe surgir de un proceso democrático público en el que participen representantes elegidos, responsables públicos, educadores, trabajadores sanitarios, autoridades locales y comunidades, esto lo separa claramente del pensamiento del resto de los Tecnos billonarios, pues no renuncia a la democracia para confiar el futuro a los tecnólogos hace exactamente lo contrario ,devuelve explícitamente la decisión a la esfera pública y democrática.
Entre sus propuestas concretas y de manera muy central subraya el tema del empleo.
Sabemos que varios tecno billonarios han hablado del reemplazo del trabajo humano por el trabajo de las máquinas autónomas, suponiendo un periodo extremadamente corto para este cambio y no han hecho ninguna propuesta en términos de soluciones que no provoquen una situación catastrófica para los seres humanos.
El propone, en cambio, la existencia de nuevas instituciones nacionales capaces de coordinar transversalmente el empleo, la educación, los impuestos, la seguridad, la salud y la energía y una organización internacional de regulación de la IA tomando elementos de los sistemas de inspección nuclear, regulación de la ampliación y acuerdos ambientales; plantea además la necesidad de protección social mucho más fuerte y políticas específicas frente a la sustitución del trabajo humano hablando incluso en una entrevista al New York Times de un impuesto al uso de la inteligencia artificial, morigerar la velocidad de sustitución de los trabajadores y financiar la transición del trabajo y la idea de actividades humanas reservadas que deberían permanecer reservados para los seres humanos.
Curiosamente hay en esto un acercamiento desde una perspectiva práctica y de políticas públicas a quienes se han constituido en críticos de la inteligencia artificial, con los cuales plantea su acuerdo en la primacía de la persona, de la política y de la democracia sobre la máquina y sobre quiénes son propietarios de ellas.
Es extraordinariamente interesante que más allá del mundo político e intelectual, desde el corazón del mundo tecnológico comience a aparecer, aunque sea de manera embrionaria la conciencia de que el problema decisivo de decidir qué se debe hacer y bajo qué limites debe proseguir la investigación sobre la IA no deben ser los tecnólogos en solitario.
Ello sin duda ha impulsado nuevas tomas de posiciones como la de Dario Amodei CEO de Antrhopic quien advirtió recientemente que la velocidad con que avanza la IA está superando la capacidad de control de empresas y Estados para controlar sus riesgos, incluso en los próximos seis meses, sistemas formados por múltiples agentes podrían actuar en internet provocando daños enormes.
Es indispensable avanzar en la capacidad de control, alinearlo con la velocidad del desarrollo actual.
Trump cuando escuchó eso, estuvo al borde de un ataque de nervios, partió atacando e insultando a los timoratos, señalando que los chinos saltarían de gozo y negando los riesgos.
Poco le duró la rabieta y la negación, poco tiempo después tuvo que reunir a las principales empresas e impulsar un acuerdo de autocontrol con controles internos e independientes, evaluaciones periódicas, auditorías externas y supervisión de los directorios.
Anthropic, Open AI, Google, Meta, xAI y Nvidia son parte del acuerdo, que sin embargo no es legalmente obligatorio.
Es un paso positivo, sin dudas, pero sabemos que el autocontrol es bueno pero no suficiente , algún mal pensado podría decir que hasta ahora no hay pruebas empíricas que los lobos sean buenos pastores de las ovejas.
Ante la magnitud de los riesgos aparece claro que se requiere un control obligatorio, público, democrático, competente e internacional.
Se trata de construir una regulación capaz de acompañar la innovación y evitar que la velocidad de la máquina supere nuestra capacidad colectiva de controlarla.
El optimismo tecnológico ha sido criticado por estudiosos del tema, por intelectuales, por diversas corrientes del pensamiento democrático, instituciones nacionales y multilaterales.
Haremos mención algunas de esas críticas y advertencias.
Byung- Chul Han, el filósofo surcoreano, señala en su libro “En el enjambre”, que el enjambre digital que genera la hipercomunicación digital, forma una masa de individuos aislados que pueden ser orientados y manipulados, lo cual destruye la autonomía, la substituye por un ruido sin coherencia que impide reflexividad y autonomía, que dificulta un contrapoder.
Estar conectado no significa la existencia de un “nosotros”. El poder digital puede ser más potente que el poder tradicional porque no necesita prohibir, actúa a través de una aparente libertad, el individuo puede participar alegremente en los mecanismos que lo orientan.
Es lo que él llama el paso del biopoder al psico poder.
El algoritmo puede introducir un poder de otro tipo que selecciona el escenario dentro del cual la persona decide.
Yuval Noah Harari, ensayista israelí, señala que hoy existen posibilidades de procesar cantidades gigantescas de información acerca de nosotros y a partir de ello predecir y particularizar los estímulos que recibimos; ello anula o deteriora fuertemente la autonomía decisional de los seres humanos.
Es verdad que esa soberana autonomía jamás ha sido impoluta, así lo han advertido Sigmund Freud, Carlos Marx y Federico Nietzsche y escuelas enteras de filosofía, sociología y ciencias políticas, pero nunca como ahora, los niveles de determinar conductas por vías que no sea la fuerza han sido tan amplia con la capacidad tecnológica existente.
Ello puede herir profundamente la democracia liberal, sin embargo, nunca podrá existir un determinismo absoluto, todo dependerá de la capacidad humana para controlar la tecnología y evitar los fraudes a su autonomía a través de reglas consensuadas.
Desde el punto de vista del análisis político, el destacado periodista y pensador Ezio Mauro resulta muy importante para formarse una visión crítica y a la vez prudente que no nos haga bajar los brazos frente a la revolución tecnológica de las comunicaciones.
Él señala que las plataformas digitales, los datos y la inteligencia artificial no sólo acumulan grandes riquezas, concentran la inversión científica y utilizan cantidades impensadas de energía.
Ellas construyen también la política, es decir el escenario en el cual los ciudadanos conocen e interpretan el mundo.
De acuerdo con Mauro estamos ante un nuevo capitalismo tecnológico cuyos dirigentes poseen una capacidad que antes estaba reservado a los Estados y metafóricamente en la antigüedad a los dioses.
A través de su control sobre las máquinas distribuyen la visibilidad, forman opiniones y organizan los deseos
Es un poder que parte de la innovación científica, atraviesa la economía y la cultura hasta llegar al poder político. Influye sobre la vida colectiva sin pasar por los procedimientos democráticos, sus instituciones no existen y su ágora tiene propietarios privados, reglas desconocidas y algoritmos que nadie ha elegido.
Este nuevo capitalismo ya no necesita la democracia, aquella combinación de capitalismo y democracia que fue el vector central de la segunda parte del siglo XX podría no llevarse en esta temporada, estar desueto.
Esa combinación conjugaba y equilibraba los impulsos de progreso y convivencia poniendo límites que eran aceptados por la economía, porque existía un poder público para imponerlo, hoy ese equilibrio está puesto en duda.
Los demiurgos tecno-capitalistas hacen una promesa ilimitada para alargar los límites de lo humano que incluso llega en algunos casos la de resolver el misterio de la muerte y a través del transhumanismo plantearse la búsqueda de la eternidad, pero para ello piden que la política no les ate las manos, y tampoco los limites morales.
La dificultad se presenta cuando se trata de determinar qué sociedad queremos para el futuro y quién está llamado a decidirlo.
La visión de Paolo Benanti, franciscano, teólogo y especialista en ética tecnológica plantea una pregunta central ¿Cómo conseguir que la técnica permanezca al servicio de la persona y no transforme al ser humano en un instrumento de su propia eficiencia?
Su preocupación no es cuán inteligente sean las máquinas o si su inteligencia supera las capacidades humanas, si no en qué sentido ellas son irremediablemente diferentes
Para él las máquinas carecen de conciencia, experiencia moral y responsabilidad.
Una máquina puede seleccionar un candidato que tiene los mejores pergaminos para ejercer una función, decidir quién es más apto para recibir un crédito y calcular en base a datos la posibilidad de reincidencia de un acusado.
Pero carece de responsabilidad sobre esas decisiones. La justicia no equivale a la eficiencia.
Es a partir de ello que elabora el concepto de “algoroética” que se plantea la introducción de valores humanos en su diseño y empleo, este neologismo se dirige a quienes los diseñan, los poseen los estrenan y los utilizan.
En este punto surge otro problema ¿Qué valores humanos? La respuesta no es evidente porque no hablamos de un mundo homogéneo, los valores son percibidos de manera y jerarquías diversas de acuerdo con los diferentes recorridos históricos, culturales y civilizatorios; no avanzaríamos mucho si para una convivencia en común más justa igualitaria y libre se tomarán los valores de algunos tecno- billonarios, de los gobernantes autoritarios o de los dictadores que no faltan en el mundo.
Para ello hay que aspirar a que, dentro de una diversidad legítima, exista un núcleo común, que resulte del camino histórico de la humanidad es lo que yo llamo acumulación civilizatoria sobre la cual volveremos.
La falsa la ilusión de detener el camino del progreso, de volver atrás, de refugiarse en el pasado, resultaría de otra parte tan estéril como poner el pie en el acelerador.
Lo único realista, pero a la vez muy complejo, es buscar cierto equilibrio, ciertos límites, ciertos consensos, que eviten la catástrofe y permitan un futuro que desarrolle sus beneficios y asegure la humanidad de los humanos por el tiempo más prolongado posible, sabiendo que nadie conoce hasta cuándo esa prolongación existirá, que él “ para siempre” está descartado por la previsión científica.
Con relación a las regulaciones y límites, sin duda quién ha dado los pasos más importantes es la Unión Europea, aunque desgraciadamente es el espacio de poder geopolítico más débil entre aquellos que albergan la investigación más adelantada, lo que es una pena porque su inspiración es la más democrática, por ahora y orientada al equilibrio, al control humano, y a la protección de los derechos humanos.
Si en base a un mínimo realismo descartamos en lo inmediato la existencia de condiciones para una gobernanza global en el actual momento geopolítico, resulta muy difícil pensar, en avances rápidos y coordinados con Estados Unidos y China, quienes diputan la primacía de los avances en el mundo.
La Unión Europea posee un reglamento de inteligencia artificial la “AI Act” que entró en vigor en 2024 y se aplica gradualmente desde el 2025, ella constituye una ley obligatoria.
Estados Unidos posee un “All risk Management framework” del 2023 de aplicación voluntaria. Una orden ejecutiva “Removing barriers to American leadership in artificial Intelligence” de 2025 que huele a Trump por los cuatro costados y cuyo nombre lo dice todo, y un “American Action” de 2025.
China tiene disposiciones sobre algoritmos del 2022, disposiciones sobre servicios de síntesis profunda del 2023, medidas provisionales para los servicios de inteligencia generativa 2023 y medidas provisionales sobre servicios de interacción antropomórfica del 2026.
Solo Europa ha generado una ley que supone una visión que equilibra los avances con el control y los derechos humanos por sobre las máquinas, Estados Unidos tiene el centro puesto en una carrera por la supremacía que requiere una amplia desregulación.
Sin embargo, ya han comenzado a producirse escapes de control en que los mandatos a las máquinas han sido superados por éstas y han atacado otros sistemas “motu proprio” sin intervención humana, finalmente fueron controlados, pero han obligado a repensar esa extrema desregulación.
Es necesario señalar que los Estados Unidos atraviesa un periodo presidencial particularmente favorable a una alianza entre los tecno billonarios y la extrema derecha que representa el presidente Trump quien como sabemos carece de convicciones democráticas y tiene una gran afición a las decisiones autoritarias y a la supremacía mundial.
En su doble calidad de empresario y líder de la mayor potencia mundial no considera un peligro el crecimiento del poder privado que se refuerza en la innovación y no ve contradicciones profundas entre soberanía pública y soberanía privada, pese a ello Estados Unidos continúa siendo una democracia y Trump y sus amigos puede perder las elecciones y la institucionalidad estadounidense evitar una vez más un golpe de fuerza de su parte, ello llevaría a una morigeración de las tendencias actuales, quizás no a una reversión total de su camino, pero si a una combinación más virtuosa entre la velocidad y la prudencia en la innovación.
China representa un modelo distinto al modelo empresarial estadounidense cuenta con grandes empresas, capacidad de innovación pero es una dictadura que sigue teniendo un relato marxista – leninista, un partido – estado que mantiene una doctrina totalitaria, aunque ello no tenga que ver con la economía de mercado que la sustenta como infraestructura, constituye una suerte de capitalismo de Estado donde la democracia liberal y la autonomía personal no tienen espacio y tampoco legitimidad ni raíces en la filosofía e historia de su milenario pasado.
La inteligencia artificial forma parte de una estrategia nacional de desarrollo, seguridad, autonomía nacional y competencia a nivel global con los Estados Unidos por la primacía mundial, la privacidad de los datos no es un tema, como tampoco lo es una competencia política interna que no existe, y una libertad intelectual, finalmente el pensamiento en última instancia está subordinado al relato oficial.
La eficiencia es una virtud colectiva, pero colectiva estatal y la estabilidad (armonía)reemplaza al pluralismo y la diversidad.
El futuro dependerá en mucho de la situación geopolítica que hoy atraviesa uno de sus momentos más graves, los protagonistas son los que hemos presentado, aunque Estados Unidos y los tecno billonarios que hoy constituyen un solo actor podrían entrar en contradicción quizás en el futuro.
Hay también actores menores que trabajan duramente y no está dicho que el campo de competencia no aumentará o que no se producirán alianzas y recomposiciones en su interior.
Hay quienes hablan de un imparable proceso de desglobalización, sin duda la globalización ha sido muy herida en este cuadro geopolítico, pero es también cierto que antes había avanzado mucho, y sigue presentándose como una necesidad.
Los cuatro componentes señalados poseen ventajas y desventajas los Estados Unidos y los tecno billonarios conservan ventajas en modelos avanzados diseños de componente y plataformas globales, China posee una enorme base industrial un gran mercado y una creciente capacidad científica, Europa posee conocimientos especializados, industrias especializadas y cadenas productivas importantes y entre todas tienen un cierto nivel de interdependencia mutua.
Aun cuando ya Francisco había alentado, sin negar las ventajas de la innovación, sobre la necesidad de una reflexión profunda sobre la IA, conviene señalar que ha resultado muy importante y representativo de las fuerzas morales la gran atención que el Vaticano de León XIV ha prestado al tema en su encíclica “Magnifica Humanitas” del 15 del Mayo del 2026.
En ella León XIV reconoce los aportes extraordinarios que la inteligencia artificial puede prestar a la medicina, al conocimiento, a la educación, y a la mejoría de la vida humana en general ; pero advierte que ella no constituye de manera automática un progreso humano, presenta peligros no menores y que su orientación y control no puede quedar solo en manos del mercado, los intereses estatales de parte, o los expertos, requiere ampliar la participación humana y tener siempre presente como evitar o atenuar el aumento de la desigualdad y la exclusión, ello exige su subordinación a la dignidad del ser humano, al bien común, a la paz y a la protección de los más vulnerables y no convertirse en un instrumento al servicio del conflicto entre los poderosos.
Lo más importante es que no debe reemplazar la responsabilidad moral ni decidir autónomamente sobre la vida, la guerra y los derechos humanos todas cosas que muchos de los llamados anarcos-capitalistas desprecian.
Nos dice que las innovaciones tecnológicas incluida la inteligencia artificial no son neutrales, la relación entre el ser humano y la máquina supone el control humano, corresponde a las personas fijar los fines, establecer los límites y responder por las consecuencias; la máquina puede ser un instrumento magnífico con capacidades de cálculo velocidad y memoria puede generar propuestas y señalar alternativas pero no posee conciencia moral ni empatía, puede asistir al juicio humano pero no reemplazarlo.
Ninguna máquina podrá jamás sustituir la humanidad de la persona, esa posición es compartida por muchos estudiosos que no tienen una inspiración religiosa pero que sí poseen una ética laica que los lleva a conclusiones similares.
El problema de fondo no es quién es más inteligente sino a quién corresponde la responsabilidad moral y la decisión final.
Si compartimos una concepción que toma en cuenta tanto los aportes enormes que puede entregarnos la IA, pero al mismo tiempo los desafíos y peligros que ella presenta para la humanidad, debemos tener conciencia que como sociedades nos enfrentaremos a intereses muy poderosos para lograr la coexistencia de ambos objetivos.
Se tendrá que enfrentar dicho desafío, al mismo tiempo que otros que se relacionan con la sobrevivencia y se vinculan profundamente, por ejemplo, el cambio climático donde también está en juego nuestro futuro.
El cambio climático ya está aquí, generando cada vez más catástrofes colectivas.
Pero hoy es negado por algunos de los grandes protagonistas que se repiten en su oposición a regulaciones y límites, y que tienen una concepción de progreso bastante ajena al bien común, curiosamente también son muchas veces los mismos que consideran que el sistema democrático constituye un obstáculo para el progreso.
Para evitar esa deriva, en lo que corresponde a la IA, quién deberá poseer los datos fijar los objetivos y responder por las consecuencias son los seres humanos ello no lo pueden hacer ni las ni los tecno billonarios ni, los Estados autoritarios: defender el humanismo no consiste en negar el progreso técnico se trata de no reducir a las personas a datos y contraseñas, la máquina asiste, el ser humano reflexiona, duda, ama, perdona y responde moralmente.
La democracia está repleta de imperfecciones, siempre resulta en la práctica mas pobre que una democracia ideal, pero permite producir cambios pacíficamente, discutir racionalmente, reemplazar a quienes gobiernan sin matarnos, e impugnar decisiones injustas o ineficientes.
De nosotros dependerá que supere su crisis y que acoja el “nosotros” que es ajeno a los sistemas políticos autoritarios.
Nada de esto es seguro que suceda, pero nada de esto resulta tampoco imposible.
La pregunta que no terminamos de responder al final de este texto es cómo obtener valores comunes que sean algo consistente y realmente compartidos, la respuesta es muy compleja. Sin duda la comunidad de valores es algo política y culturalmente inalcanzable en el cuadro que nos ofrece nuestro mundo de hoy, no se equivocó Ronald Inglehart cuando señaló que atravesamos una fase histórica de “malos sentimientos”.
Para aproximarse a una respuesta hay que pensar en cambios en los que la tendencia al conflicto disminuya, donde existan condiciones y reglas mínimas de límites que impida que la especie humana sea puesta en peligro de manera frívola, sólo entonces tendrá sentido afirmar que los valores humanos serán capaces de direccionar las máquinas.
Para poder concordar valores humanos comunes entre civilizaciones y tradiciones culturales muy distintas, donde una parte de los sistemas políticos no serán democráticos, es indispensable pensar en un universalismo que deje de lado toda concepción demasiado abstracta, que acepte el reconocimiento de la alteridad del otro, que considere que lo colectivo debe convivir con la autonomía personal base de la libertad humana, algo así como una acumulación civilizatoria.
Entiendo por tal, un conjunto de prácticas sociales valoradas progresivamente como compartibles no porque respondan a una superioridad absoluta de una determinada matriz cultural sino porque la experiencia histórica muestra que contribuyen a una convivencia capaz no solo de incluir si no de apreciar las diferencias, que generen relaciones más horizontales y justas donde se consideren las diferencias colectivas pero a partir siempre del respeto a la autonomía y la dignidad infranqueable de las personas.
No es seguro que algo así se pueda lograr, aunque son pretensiones modestas, pragmáticas y realizables para tener un mundo algo mejor y ojalá por algún tiempo, lo que me parece razonable tomando en cuenta el misterio y la incertidumbre de nuestra existencia; pero no intentarlo significa que se pueden esperar los peores desarrollos.
Con su bella poética del siglo XIV, el Dante en su Divina Comedia nos describe de manera intemporal el riesgo definitivo, cuando junto a Virgilio llega a la puerta del infierno y lee la terrible inscripción: “Per me si va ne la cittá dolente, per me si va ne l’etterno dolore, per me si va tra la perduta gente…….Lasciate ogni speranza voi ch’intrate.”
(Por mí se va a la ciudad doliente, por mí se va al eterno dolor, por mí se va entre la gente perdida….Abandonad toda esperanza vosotros que entráis.)
(Versos1 y 9 del Canto III del Infierno)